sábado, 2 de abril de 2011

Chamanismo Piel Roja


CHAMANISMO PIEL-ROJA
Frithjof Schuon, fue adoptado en 1959 por la tribu de los Sioux y
recibió su nombre del célebre hombre-medicina Alce Negro.

Foto de E. Curtis


Por chamanismo entendemos las tradiciones de origen «prehistórico» propias de los pueblos mongoloides, comprendidos los indios de América[1]. En Asia encontramos este chamanismo propiamente dicho no sólo en Siberia, sino en el Tíbet —en la forma del BönPo—, en Mongolia, Manchuria y Corea; la tradición china prebúdica con sus ramas confucionista y taoísta se vincula igualmente con esta familia tradicional, así como en Japón, donde el chamanismo ha dado lugar a esa tradición particular que es el Shintô.Todas estas tradiciones se caracterizan por la oposición complementaria entre la Tierra y el Cielo y por el culto de la Naturaleza, contemplada en la relación de su causalidad esencial y no de su accidentalidad existencial. Se caracterizan igualmente por cierta escasez en la escatología —muy evidente incluso en el confucionismo—, y sobre todo por la función central del chamán, asumida en China por los Taotsé[2] y en el Tíbet por los lamas adivinos y exorcistas[3]. Si mencionamos ahora a la China y al Japón no es para englobar sus tradiciones autóctonas pura y simplemente dentro del chamanismo siberiano, sino para situarlas en relación con la tradición primitiva de la raza amarilla, tradición de la que el chamanismo es la prolongación más directa y también, es preciso decirlo, la más desigual y ambigua.
Esta última observación equivale a plantear la pregunta de saber lo que valen espiritualmente las formas siberianas y americanas del chamanismo; la impresión general es que dentro de él existen los niveles más diversos, pero lo que es cierto es que en los pieles-rojas —pues de ellos es de quien hablaremos aquí— se ha mantenido algo primordial y puro, a pesar de todos los oscurecimientos que hayan podido superponerse en algunas tribus en un pasado quizá relativamente reciente.
Los documentos que atestiguan la envergadura espiritual de los pieles-rojas son numerosos. Un blanco que fue educado en su primera infancia por los indios y que vivió —al principio del siglo XIX— hasta los veinte años entre tribus que nunca habían sido tocadas por un misionero (Kickapoo, Kansas, Omaha, Osage) dice que: «Es cierto que reconocen —por lo menos los que conozco— un Ser supremo, todopoderoso e inteligente, o Dador de la Vida, que ha creado y gobierna todas las cosas.
Cruz
En general creen que después de haber formado los terrenos de caza y haberlos llenado de ésta, creó al primer hombre y a la primera mujer rojos, que eran de gran talla y vivieron muchos años; que tenía con frecuencia charlas con ellos y fumaba con ellos, dándoles leyes que debían observar y les enseñaba cómo cazar y cómo plantar el maíz; pero que, como consecuencia de su desobediencia, se alejó de ellos y les abandonó a las vejaciones del Mal Espíritu, que desde entonces ha sido la causa de toda su decadencia y todas sus desgracias. Creen que el Gran Espíritu tiene un carácter demasiado sublime para ser el autor directo del mal y que continúa enviando a sus hijos rojos —a pesar de sus ofensas— todas las bendiciones de las que gozan; en respuesta a esta solicitud paternal, son realmente filiales y sinceros en sus devociones y ruegan por lo que tienen necesidad y dan gracias por lo que han recibido. En todas las tribus que he visitado, he encontrado la creencia en una vida futura con recompensas y castigos… Esta convicción de deber cuentas al Gran Espíritu hace que los indios sean generalmente escrupulosos y fervientes en sus creencias y observancias tradicionales, y es un hecho digno de señalar que no se encuentra entre ellos ni frialdad o indiferencia, ni hipocresía respecto a las cosas sagradas…»[4].
Bolsa de pipa de Alce Negro
Otro testimonio, que proviene esta vez de una fuente cristiana, es el siguiente: «La creencia en un Ser supremo está firmemente arraigada en la cultura de los chippewas. Este Ser, llamado Kîchê Manitô o Gran Espíritu, estaba muy alejado de ellos. Raramente se le dirigían plegarias directas a él solo y no se le ofrecían sacrificios más que en la fiesta de los iniciados Midewiwin. Mis informadores hablaban de él con un tono de sumisión y extrema reverencia. «Él ha colocado todo sobre la tierra y cuida de todo», añadió un anciano, el hombre-medicina más poderoso de la Reserva del lago de la Oreja Corta. Una anciana mujer de la Reserva afirmó que al rezar, los antiguos indios se dirigían primero a Kîchê Manitô y en seguida «a los otros grandes espíritus, los kîchî manitô, que habitan en los vientos, la nieve, el trueno, la tempestad, los árboles y en cada cosa». Un viejo chamán, Vermilion, estaba seguro de que «todos los indios en este país conocían a Dios mucho tiempo antes de la llegada de los blancos, pero no le pedían cosas particulares como lo hacen desde que son cristianos. Esperaban los favores de sus protectores particulares». Las divinidades menos poderosas que Kîchê Manitô eran las que habitaban en la naturaleza y los espíritus guardianes… La creencia de los chippewas en la vida después de la muerte se ha hecho evidente en sus vestidos de sepultura y duelo, pero entre ellos hay una tradición según la cual los espíritus van hacia el Oeste después de la muerte, «hacia el lugar en que el sol se pone» o «hacia las praderas de los campamentos de la bendición y la felicidad eternas»[5].
Alce Negro
Al no ser nuestro punto de vista el del evolucionismo, para decir lo menos, no podríamos creer en un origen grosero y pluralista de las religiones y no tenemos ninguna razón para poner en duda el aspecto «monoteísta» de la tradición de los indios[6], ya que siempre el «politeísmo» puro y simple no es más que una degeneración y por tanto un fenómeno relativamente tardío y en cualquier caso mucho menos extendido de lo que ordinariamente se cree. El monoteísmo primordial —que no tiene nada de específicamente semita y que más bien es un «pan-monoteísmo», pues si no el politeísmo no habría podido derivar de ello—, este monoteísmo subsiste, o deja huellas en las tribus más diversas, los pigmeos de Africa entre otras; es lo que los teólogos llaman la «religión primitiva». En las Américas, los naturales de la Tierra del Fuego, por ejemplo, no conocen más que un solo Dios que habita más allá de las estrellas, que no tiene cuerpo y no duerme y las estrellas son sus ojos; siempre ha sido y nunca morirá; ha creado al mundo y ha dado a los hombres reglas de acción. En los indios del Norte —los de las Praderas y los Bosques— la Unidad divina sin duda aparece de manera menos exclusiva y en algunos casos parece incluso velarse, pero no hay en ellos nada comparable con el politeísmo antropomorfista de los europeos antiguos: ciertamente hay varios «Grandes Poderes»[7], pero estos Poderes están o subordinados a un Poder supremo que se asemeja mucho más a Brahma que a Júpiter, o son considerados como un conjunto, o una Substancia sobrenatural, de la que nosotros mismos somos partes, de acuerdo con lo que un sioux nos ha explicado. Para comprender este último punto, que sería panteísmo si todo el concepto sólo se redujese a eso, es preciso saber que las ideas sobre el Gran Espíritu se vinculan o con la realidad «discontinua» de la Esencia y entonces hay trascendentalismo[8], o con la realidad «continua» de la Substancia, y en ese caso hay panteísmo; en la conciencia de los pieles-rojas el aspecto de Substancia predomina no obstante sobre el de Esencia. A veces se habla de un Poder mágico que anima todas las cosas, comprendidos los hombres, llamado Manito(algonquino), Orenda (iroques) y coagulándose —o personificándose según los casos— en las cosas y los seres, comprendidos los del mundo invisible y anímico, y cristalizándose igualmente en función de un determinado sujeto humano, como totem o «ángel guardián» (el orayon de los iroqueses)[9] esto es exacto con la reserva sin embargo de que el calificativo de «mágico» es completamente insuficiente e incluso erróneo en el sentido de que define una causa por un efecto parcial. En cualquier caso lo que importa retener es que el teísmo indio, al mismo tiempo que no es un pluralismo de tipo mediterráneo y «pagano», tampoco coincide exactamente con el monoteísmo abrahamánico, sino que más bien representa una teosofía un tanto «en movimiento» —en ausencia de una Escritura sagrada— y entroncada con las concepciones védicas y extremo-orientales; es importante precisar igualmente la insistencia, en esta perspectiva, sobre los aspectos «vida» y «potencia», que es muy característico de una mentalidad guerrera más o menos nómada.
Algunas tribus —los algonquinos y los iroqueses sobre todo— distinguen entre el demiurgo y el Espíritu supremo: este demiurgo tiene con frecuencia un papel algo burlesco, incluso luciferino. Semejante concepción del poder creador y del dispensador primordial de las artes no es particular de los pieles-rojas, como lo prueban las mitologías del Viejo Mundo, donde las acciones de los titanes estaban al lado de las de los dioses; en lenguaje bíblico diremos que no hay Paraíso terrestre sin serpiente y sin esta última no hay caída ni drama humano, ni ninguna reconciliación con el Cielo. Como a pesar de todo la creación es algo que se aleja de Dios, es preciso que haya en ella una tendencia deífica, de tal modo que se puede considerar la creación en dos aspectos, uno divino y otro demiúrgico o luciferino; pero los pieles-rojas mezclan los dos aspectos y no son los únicos en hacerlo; recordemos solamente, en la mitología japonesa, al dios Susano-o, genio turbulento del mar y la tempestad. En suma, el demiurgo —el Nanabozho, Mishabozho Napi de los Algonquinos, el Tharonhiawagon de los Iroqueses—, este demiurgo no es otro que Mâyâ, principio proteico que a la vez engloba a la Potencia creadora y al mundo, y que es la natura naturans tanto como la natura naturata; Mâyâ está más allá del bien y del mal, expresa la plenitud y la privación, lo divino y lo demasiado humano, incluso lo titanesco y lo demoníaco, y de ahí una ambigüedad que a un moralismo sentimental le cuesta trabajo comprender.
En lo tocante a la cosmogonía, para el indio no hay casi creatio ex nihilo; hay más bien una especie de transformación. En un mundo celestial situado por encima del cielo visible vivían en el origen seres semidivinos, personajes prototípicos y normativos que el hombre terrestre debe imitar en todo; en este mundo celestial no había más que paz. Pero algunos de estos seres acabaron por sembrar la discordia y entonces sobrevino el gran cambio; fueron exilados en tierra y llegaron a ser los antepasados de todas las criaturas terrestres; sin embargo algunos pudieron permanecer en el Cielo y son los genios de cada actividad esencial, como la caza, la guerra, el amor, la siembra. Para el indio lo que llamamos «creación» es en consecuencia y sobre todo un cambio de estado o un descenso; es una perspectiva «emanacionista» —en el sentido positivo y legítimo de este término— que se explica en este caso por el predominio entre los indios de la idea de la Substancia y por consiguiente de la Realidad «no discontinua». Es la perspectiva de la espiral o de la estrella, no la de los círculos concéntricos aunque este aspecto de la discontinuidad nunca deba olvidarse; las dos perspectivas se completan, pero el acento se pone o sobre una o sobre la otra.
¿Qué significa exacta y concretamente esta idea india de que cada cosa está «animada»? En principio y metafísicamente significa que, a partir de cada cosa y en su centro existencial, hay un rayo ontológico hecho de «ser», de «conciencia», de «vida», que vincula al objeto, a través de su raíz sutil o anímica, con su prototipo luminoso y celestial; de ello resulta que podemos alcanzar las Esencias celestiales a partir de cada cosa. Las cosas son las coagulaciones de la Substancia divina; ésta no es las cosas, pero las cosas son ella, en virtud de su existencia y sus cualidades; éste es el sentido profundo del animismo polisintético de los pieles-rojas, y esta conciencia aguda de la homogeneidad del mundo fenoménico es la que explica su naturismo espiritual y su rechazo a separarse de la naturaleza y comprometerse con una civilización hecha de artificios y servidumbres que lleva en sí misma los gérmenes de la petrificación y la corrupción; para el indio como para el extremo-oriental, lo humano está en la naturaleza y no al margen de ella.

Las manifestaciones más eminentes del Gran Espíritu son los puntos cardinales con el Cénit y el Nadir, o con el Cielo y la Tierra, y después formas tales como el Sol, el Lucero del Alba, la Roca, el Aguila, el Bisonte; todas estas manifestaciones se encuentran en nosotros mismos y tienen sus raíces en la Divinidad: aunque el Gran Espíritu sea Uno, implica en Sí-mismo estas cualidades de las que vemos las huellas —y sufrimos los efectos— en el mundo de las apariencias[10]. 
El Este es la Luz y el Conocimiento y también la Paz; el Sur es el Calor y la Vida y por tanto el Crecimiento y la Felicidad; el Oeste es el Agua fertilizante, así como la Revelación que habla en el relámpago y el trueno; el Norte es el Frío y la Pureza, o la Fuerza. Así es como el Universo, a cualquier nivel que se le considere —Tierra, Hombre o Cielo—, depende de cuatro determinaciones primordiales: Luz, Calor, Agua y Frío. Lo que hay de sorprendente en esta calificación de los puntos cardinales es que no simbolizan claramente ni el cuaternario de los elementos —aire, fuego, agua, tierra— ni el de los estados físicos correspondientes —sequedad, calor, humedad, frío—, sino que mezclan o combinan los dos cuaternarios de manera desigual: el Norte y el Sur están caracterizados respectivamente por el frío y el calor sin representar los elementos tierra y fuego, mientras que el Oeste corresponde a la vez a la humedad y al agua; el Este representa la sequedad y ante todo la luz, pero no el aire. Esta asimetría se explica del siguiente modo: los elementos aire y tierra se identifican, respectivamente, en el simbolismo espacial del universo, con el Cielo y la Tierra y por consiguiente con las extremidades del eje vertical, mientras que el fuego —como fuego sacrificial y transmutador— es el Centro de todo; si se tiene en cuenta el hecho de que el Cielo sintetiza todos los aspectos activos de los dos cuaternarios —el de los elementos[11] y el de los estados[12]— y de que la Tierra sintetiza sus aspectos pasivos, se observará que las definiciones simbólicas de las cuatro partes quieren ser una síntesis de los dos polos, uno celestial y otro terrestre[13]: el Eje Norte-Sur es terrestre y el Eje Este-Oeste es celeste.
Lo que es común a todos los pieles-rojas es el esquema de la polaridad cuaternaria de las cualidades cósmicas; pero el simbolismo descriptivo puede variar de un grupo a otro, sobre todo entre grupos tan diferentes como los sioux y los iroqueses. Para los cheroquis por ejemplo, que pertenecen a la familia iroquesa, el Este, el Sur, el Oeste y el Norte, significan respectivamente el éxito, la felicidad, la muerte y la adversidad y están representados por, el rojo, el blanco, el negro y el azul; para los sioux todos los puntos cardinales tienen un sentido positivo, siendo los colores —en el mismo orden de sucesión— el rojo, el amarillo, el negro y el blanco; pero evidentemente hay una relación entre el Negro-adversidad y el Negro-purificación, ya que la prueba purifica y fortifica, o entre Oeste-muerte y el Oeste-revelación al referirse las dos ideas al más allá. Entre los odjibway, que pertenecen al grupo algonquino, el Este es blanco como la luz, el Sur verde como la vegetación, el Oeste rojo o amarillo como el sol poniéndose y el Norte negro como la noche; las asignaciones difieren según las perspectivas, pero el simbolismo fundamental, con su cuaternario y sus polaridades no se ve afectado.

El papel crucial que desempeñan las direcciones del espacio en el rito del Calumet es bien conocido. Este rito es la oración del indio, en la que el indio habla no sólo por sí mismo, sino por todas las demás criaturas; el Universo entero reza con el hombre que ofrece la Pipa a los Poderes, o al Poder.
Mencionemos también los otros grandes ritos del Chamanismo piel-roja, al menos los principales: la Cabaña para sudar, la Invocación solitaria y la Danza del Sol[14]; escogemos el número cuatro, no porque marque un límite absoluto, sino porque es sagrado entre los pieles-rojas y de hecho permite establecer una síntesis que no tiene nada de arbitrario.
La Cabaña para sudar es el rito purificatorio por excelencia: por él el hombre se purifica y se hace un ser nuevo. Este rito y el precedente son absolutamente fundamentales; el siguiente también lo es, pero en un sentido algo diferente.
La Invocación solitaria —la «lamentación» o el «envío de una voz»— es la forma más elevada de la oración; puede ser silenciosa[15], según los casos. Es un verdadero retiro espiritual por el que cada indio debe pasar una vez en su juventud —pero en ese caso la intención es particular— y que puede renovar en cada momento según la inspiración de las circunstancias.
Native American Church of Peyote
La Danza del Sol es en cierto modo la oración de la comunidad entera: para los que la llevan a cabo significa —al menos esotérica-mente— una unión virtual con el Espíritu solar y por tanto con el Gran Espíritu. Esta danza simboliza la vinculación del alma con la Divinidad: del mismo modo que el danzante está atado al árbol central —por tiras de cuero que simbolizan los rayos del sol— el hombre se encuentra unido al Cielo por un lazo misterioso que el indio antaño sellaba con su sangre, mientras que en nuestros días se contenta con un ayuno ininterrumpido de tres o cuatro días. El danzante es en este rito como un águila que vuela hacia el sol: con el silbato hecho con hueso de águila produce un sonido estridente y lastimero mientras imita en cierta manera el vuelo del águila con las plumas que lleva en las manos. Esta relación, en cierto modo sacramental, con el sol deja en el alma una huella indeleble[16].

Prety on Top, Director de la Danza del Sol de los indios Cuervo

Dentro de las prácticas mágicas de los chamanes hay que distinguir la magia ordinaria de lo que podríamos denominar la magia cósmica: esta magia opera mediante las analogías entre los símbolos y sus prototipos. Por todas partes en la naturaleza, comprendido el mismo hombre, encontramos sin duda posibilidades semejantes, substancias, formas, movimientos que se corresponden cualitativa o tipológicamente; por esto el chamán espera subyugar los fenómenos, que por su naturaleza o por accidente escapan a su influencia, por medio de fenómenos análogos —metafísicamente «idénticos»— que él mismo crea y que por este hecho se sitúan en su esfera de actividad; quiere obtener la lluvia, la detención de una tempestad de nieve, la llegada de los bisontes, la curación de una enfermedad, con la ayuda de formas, colores, ritmos, encantaciones, melodías sin palabras. Pero todo esto sería insuficiente sin el extraordinario poder de concentración del chamán, poder que no puede obtenerse sino por un largo entrenamiento en la soledad, el silencio y el contacto con la naturaleza virgen[17]; también puede obtenerse gracias a un don particular y por intervención de una influencia celestial[18].

Detrás de cada fenómeno sensible hay una realidad de orden anímico que es independiente de las limitaciones del espacio y del tiempo; al ponerse en contacto con esas realidades, o con esas raíces sutiles o suprasensibles de las cosas, es como el chamán puede influir en los fenómenos naturales o predecir el porvenir. Todo esto parecerá extraño, por decir lo menos, al lector moderno, cuya imaginación lleva otras impresiones y obedece a otros reflejos que la del hombre medieval o arcaico y cuyo subconsciente, es preciso decirlo con claridad, está viciado por una multitud de prejuicios con pretensión intelectual o científica; sin poder entrar aquí en los detalles, recordemos simplemente con Shakespeare que «hay más cosas en el cielo y la tierra que todo lo que pueda soñar vuestra filosofía».
Pero los chamanes son también, e incluso a fortiori, expertos mágicos en el sentido ordinario de la palabra; su ciencia opera con fuerzas de orden psíquico o anímico, individualizadas o no; no hace intervenir, como la magia cósmica, a las analogías entre el microcosmos y el macrocosmos, o entre las diferentes reverberaciones naturales de una misma «idea». En la magia «blanca», que es normalmente la de los chamanes, las fuerzas puestas en acción, lo mismo que el fin de la operación, son benéficas o simplemente neutras; cuando por el contrario los espíritus son maléficos y el fin lo es igualmente, se tratará de la magia «negra» o la brujería; en este caso, nada se hace «en el nombre de Dios» y el lazo con los poderes superiores está roto. Es obvio que prácticas tan peligrosas socialmente, y tan nefastas en sí mismas, estuvieran severamente prohibidas entre los pieles-rojas como entre todos los pueblos[19], lo que no significa que nunca hayan conocido en algunas tribus de los bosques —como en Europa al final de la Edad Media— una extensión en cierto modo epidémica, conforme a su naturaleza siniestra y contagiosa[20].
Virgen pintada por F. Schuon
Un problema que preocupa a todos los que se interesan en la espiritualidad de los pieles-rojas es el de la «Danza de los Espíritus» (Ghost Dance), que jugó un papel tan trágico cuando la derrota final de esta raza. Contrariamente a la opinión habitual esta danza no era un hecho totalmente nuevo; varios movimientos del mismo género habían visto la luz mucho antes de Wovoka —el promotor de la Ghost Dance—, es decir, que se producía con bastante frecuencia en las tribus del Oeste el siguiente fenómeno: un visionario que no era necesariamente un chamán hace la experiencia de la muerte y regresando a la vida trae consigo un mensaje del más allá: profecías que afectan al fin del mundo, al regreso de los muertos y a la creación de una nueva tierra —se ha llegado a hablar de la «lluvia de las estrellas» —y después una llamada a la paz y por último una danza que debía acelerar los acontecimientos y proteger a los creyentes, en este caso a los indios; en una palabra, estos mensajes de ultratumba contenían las concepciones escatológicas y «milenaristas» que volvemos a encontrar en una u otra forma en todas las mitologías y en todas las religiones[21].
Ghost dance
Lo que había de particular y también de trágico en la Ghost Dance se debía a las circunstancias físicas y psicológicas del momento: la desesperación de los indios transponía estas profecías a un porvenir inmediato y les confería además un aire combativo completamente opuesto al carácter pacífico del mensaje primitivo; no obstante no fueron los indios quienes provocaron el combate. En cuanto a los prodigios experimentados por algunos creyentes —particularmente los sioux— parecen haber sido menos fenómenos de sugestión que alucinaciones debidas a una psicosis colectiva y determinadas en parte por influencias cristianas; Wovoka siempre ha negado que pretendiera ser Cristo, mientras que nunca negó haber encontrado al Ser divino —lo que puede entenderse de muchos modos— y haber recibido un mensaje; sin embargo no tenía ningún motivo para negar lo primero más que lo segundo[22]. Nos parece que no hay base para acusar a Wovoka de impostura, especialmente cuando ha sido descrito como un hombre sincero por los blancos que sin embargo no tenían ningún prejuicio favorable; sin duda la verdad es que Wovoka fue también una víctima de las circunstancias.
Wowoka
Para reducir todo este movimiento a sus justas proporciones hay que observarlo en su contexto tradicional, el «poliprofetismo» indio y el «apocaliptismo» propio a cualquier religión, y también en su contexto contingente y temporal, el derrumbamiento de las bases vitales de la civilización de las Praderas.

La fascinante combinación de la heroicidad combativa y estoica con el porte sacerdotal confería al indio de las Praderas y los Bosques una especie de majestad aguileña y solar a la vez, y de ahí esa belleza poderosamente original e insustituible que se une al hombre rojo y contribuye a su prestigio como guerrero y mártir[23]. Como los japoneses del tiempo de los samurais, el piel-roja era profundamente artista en su propia manifestación personal: además de que su vida era un juego perpetuo con el sufrimiento y la muerte[24] y por esto una especie de karma-yoga caballeresco[25], sabía dar a este estilo espiritual un revestimiento estético de una expresividad insuperable.
Un elemento que ha podido dar la impresión de que el indio es un individualista —por principio y no sólo de facto— es la crucial importancia que reviste para él el valor moral del hombre, el carácter si se quiere, y el consecuente culto del acto[26]. El acto heroico y silencioso se opone a la palabra vana y prolija del cobarde; el amor del secreto, la reticencia en entregar lo sagrado por discursos fáciles que lo debilitan y dilapidan, se explican por el mismo motivo. Todo el carácter del indio se deja definir en resumen por estas dos palabras, si semejantes elipses son permitidas: acto y secreto; acto fulgurante si es preciso y secreto impasible. Como una roca el indio de antaño descansa en sí mismo, en su personalidad, para en seguida traducirla en acto con la impetuosidad del relámpago; pero al mismo tiempo permanecía humilde ante el Gran Misterio cuya naturaleza envolvente era para él el mensaje permanente.
La naturaleza es solidaria de la santa pobreza y también de la infancia espiritual; es un libro abierto cuya enseñanza de verdad y de belleza nunca se agota. Es en medio de sus propios artificios como el hombre se corrompe más fácilmente, son ellos los que le vuelven ávido e impío; cerca de la naturaleza virgen, que no conoce ni agitación ni mentira, el hombre tiene oportunidades de permanecer contemplativo como la misma naturaleza lo es. Y es la Naturaleza total y casi divina quien, más allá de todos los extravíos humanos, guardará la última palabra.

Para comprender plenamente el destino abrupto de la raza india hay que tener en cuenta el hecho de que esta raza ha vivido durante milenios en una especie de paraíso prácticamente ilimitado; los indios del Oeste todavía se encontraban en él a principios del siglo XIX. Sin duda fue un paraíso rudo pero que ofrecía un ambiente grandioso de carácter sagrado y comparable en muchos aspectos con lo que fue la Europa nórdica antes de la llegada de los romanos[27]. Como los indios se identificaban espiritual y humanamente con esta naturaleza virgen, y según ellos inviolable, aceptaban todas sus leyes y por tanto también la lucha por la vida como manifestación del «principio del mejor»; pero con el tiempo, y en función de las consecuencias de la «edad de hierro» donde predominan las pasiones y desaparece la sabiduría, los abusos se extendían cada vez más; un individualismo heroico, pero vindicativo y cruel, obscurecía las virtudes desinteresadas, como por lo demás fue el caso en todos los pueblos guerreros. La privilegiada situación de los indios —al margen de la «Historia» y las aplastantes civilizaciones ciudadanas— debía terminar por agotarse; no hay nada sorprendente en que este agotamiento de un paraíso en cierto modo envejecido coincidiese con los tiempos modernos[28].
Pero evidentemente este aspecto unilateral de fatalidad no podría atenuar ni excusar ninguna de las villanías de las que el indio ha sido víctima desde hace siglos, pues si no las nociones de justicia e injusticia no tendrían sentido y nunca habría habido ni infamia ni tragedia. Los defensores de la invasión blanca y de todas sus consecuencias hacen valer con gusto que todos los pueblos siempre han cometido violencias; violencias sí, pero no forzosamente bajezas, perpetuadas, por añadidura, en nombre de la libertad, la igualdad, la fraternidad, la civilización, el progreso y los derechos del hombre… La destrucción consciente, calculada, metódica, oficial —y nunca anónima— de la raza roja, de sus tradiciones y su cultura, en América del Norte y parcialmente también en América del Sur, lejos de haber sido un proceso inevitable —y eventualmente excusable por leyes naturales y a condición de que no se pretenda haberla recuperado gracias a la «civilización»— esta destrucción, decimos, sigue siendo en realidad uno de los mayores crímenes y uno de los más insignes vandalismos de los que la Historia haya guardado recuerdo.
Dicho esto, queda el aspecto ineluctable de las cosas, el de la fatalidad, en virtud del cual lo que es posible no puede dejar de manifestarse de alguna manera y todo lo que sucede tiene sus causas próximas o lejanas; este aspecto del mundo y del destino no impide sin embargo que las cosas sean lo que son; el mal sigue siendo el mal en su propio plano. Se condena el mal por su naturaleza, no por su carácter inevitable; este último se acepta, pues lo trágico entra necesariamente en el juego divino, aunque sólo fuera porque el mundo no es Dios. Uno no acepta el error, pero se resigna a su existencia. Pero más allá de las destrucciones terrestres hay lo Indestructible: «Cada forma que ves —canta Rumi— posee su arquetipo en el mundo divino, más allá del espacio; si la forma perece, qué importa, puesto que su modelo celestial es indestructible. Cada bella forma que has visto, cada palabra profunda que has escuchado, no estés entristecido, porque todo eso se pierde; pues no es de otro modo. La Fuente divina es inmortal y su cauce da agua sin descanso; como ni la una ni la otra pueden detenerse, ¿de qué te lamentas?… A partir del momento en que tú has entrado en este mundo de la existencia, una escalera ha sido colocada ante ti…»


[1] Con excepción de los mexicanos y los peruanos, que representan filiaciones tradicionales más tardías —«atlantinas», según cierta terminología— y que por este hecho ya no dependen del aire del «Pájaro-Trueno».


[2] No confundir con los Tao-Shi, que son monjes contemplativos.


[3] La demarcación entre el Mön-Po y el Lamaismo no siempre está clara, al haberse influido recíprocamente estas tradiciones.


[4] John D. HUNTER, Manners and Customs of Indian Tribes (reedición, Minneápolis, 1957).


[5] Sister M. Inez HIGER, Chippewa Child Lije and its Cultural Backround, Washington, 1951. «La religión era la verdadera vida de las tribus, penetraba todas sus actividades e instituciones… El hecho más sorprendente, en lo que concierne a los indios de América del Norte, y del que se han dado cuenta demasiado tarde, es que vivían habitualmente dentro y por la religión, en un grado comparable a la piedad de los antiguos israelitas en la teocracia.» (Garrick MALLERY, Picture Writing of the American Indians, 10th Annual Report of the Bureau of Ethnography, 1893.) Un autor que vivió sesenta años entre los Choctaw escribía: «Reivindico para el indio de América del Norte la religión más pura y las concepciones más elevadas del Gran Creador…» (John JAMES, My Experience with Indians, 1925). «Llamar simplemente religiosos a todas estas gentes no da más que una débil idea de la profunda actitud de piedad y devoción que penetra toda su conducta. Su honestidad es inmaculada y su pureza de intención, así como su observancia de los ritos de su religión, no sufren ninguna excepción y son extremadamente relevantes. Ciertamente están más cerca de una nación de santos que de una horda de salvajes. (Washington IRVING, The Adventures of Captain Bonneville, 1837.) «Tirawa es un Espíritu intangible, omnipotente y benéfico. Penetra el universo y es el supremo soberano. De su voluntad depende todo lo que sucede. Puede traer el bien o el mal; puede dar el éxito o el fracaso. Cualquier cosa se hace con él… nada se emprende sin una oración al Padre en petición de ayuda.» (George Bird GRINNELL, «Pawnee Mythology», Journal of American Folklore, vol. VI.) «Los pies-negros creen firmemente en lo Sobrenatural y en el control de los asuntos humanos por Poderes buenos o malos del mundo invisible. El Gran Espíritu, o Gran Misterio, o Buen-Poder, está por todas partes y en toda cosa…» (Walter McCLINTOCK, The Old North Trail,Londres, 1910).


[6] En 1770, una mujer visionaria anunció a los sioux oglala que el Gran Espíritu estaba encolerizado con ellos; en los relatos pictográfícos (winter counts) de los oglala, ese año recibió el nombre de Wakan Tanka knashkiyan («Gran Espíritu en cólera»); esto sucedió en una época en la que estos sioux no podían haber sufrido la influencia del monoteísmo blanco.


[7] El nombre Wakan-Tanka —literalmente «Gran Sagrado» (wakan = Sagrado) y habitualmente traducido como «Gran Espíritu» o «Gran Misterio»— también lo ha sido por «Grandes Poderes», plural que es legítimo teniendo en cuenta el sentido polisintético del concepto. En todo caso no es sin razón que los sioux han sido llamados the Unitarians of the American Indian.


[8] Es obvio que entendemos este término según su sentido propio y sin pensar en la filosofía emersoniana que lleva este nombre. Por lo demás uno se puede preguntar —dicho sea de paso— si no hay en Emerson, además del idealismo alemán, una cierta influencia proveniente de los indios.


[9] A fin de cuentas es el equivalente del kami del Sintoísmo.


[10] Los sabios entre los indios nunca ignoran el carácter contingente e ilusorio del cosmos: «He visto más de lo que puedo decir y he comprendido más de lo que no he visto; pues he visto de una manera sagrada las sombras de todas las cosas en el Espíritu y la forma de las formas tal y como deben vivir simultáneamente, parecidas a un solo Ser.» «Crazy Horse fue al Mundo donde nada es, salvo los Espíritus (las Ideas eternas) de todas las cosas. Este es el Mundo real que se encuentra (escondido) tras éste (el nuestro), y cada cosa que vemos es como una sombra de aquel Mundo.» «Sabía que lo Real estaba lejos (de nuestro mundo) y que el sueño obscurecido de lo Real estaba aquí abajo.» (HEHAKA SAPA,en Black Elk Speaks, Lincoln, 1961: traducción española: Los últimos sioux. Ed. Noguer, Barcelona. (N. del T.) Según Hartley Burr ALEXANDER, «la idea fundamental (del mito mexicano de Quetzalcoatl) es la misma (que en la mitología de los pieles rojas): la de una fuerza o una potencia casi panteísta que se encarna en los fenómenos del mundo actual y de la que este mundo no es más que la imagen y la ilusión». (L’art et la phitosophie des Indiens de l’Amérique du Nord, París, 1926.)


[11] Aire, fuego, agua y tierra.


[12] Sequedad, calor, humedad y frío.


[13] Esto significa —si se considera todo este simbolismo a la luz de la alquimia— que en esta polarización las fuerzas complementarias del «azufre» que «dilata», y del «mercurio», que «disuelve» y «contrae», se encuentran en equilibrio; el fuego del centro equivale entonces al fuego hermético en el fondo del atanor.


[14] Los otros ritos tienen un alcance más bien social.


[15] Cf. René GUENON, «Silence et solitude», en Etudes Traditionnelles, París, marzo de 1949.


[16] Todos estos ritos han sido descritos por HEHARA SAPA en La Pipa sagrada. Los siete ritos secretos de los indios sioux, Madrid, Taurus, 1980. S. S. el Jagadguro de Conjeevaram, habiendo leído este libro (La Pipa sagrada), señaló a uno de nuestros amigos que los ritos de los pieles rojas presentan sorprendentes analogías con algunos ritos védicos.


[17] Desde que los hombres-medicina habitan en casas —nos ha dicho un Shoshoni— se han vuelto impuros y han perdido mucho de su poder.


[18] Como en el caso de Héhaka Sapa.


[19] Quizás con la excepción de las tribus melanesias muy degeneradas.


[20] Estas prácticas se han hecho infrecuentes —se nos ha dicho— por el hecho de que los efectos maléficos se volvían con demasiada frecuencia contra los culpables, gracias a la protección de la que gozan las presuntas víctimas.


[21] Movimientos enteramente análogos se han producido sucesivamente en Perú y en Bolivia, a partir de la conquista española y hasta comienzos de nuestro siglo.


[22] Cf. «The Ghost-Dance Religion», por James MONEY, en Fourteenth Annual Report of the Bureau of Ethnology to the Secretary of the Smithsonian Institution, Washington, 1896, y también: The Prophet Dance of the Northwest, por Leslie SPIER, en General Series in Anthropology, Menasha, Wisconsin, 1935.


[23] Mal que les pese a los pseudo-realistas antirománticos que no creen más que en lo trivial. Si algunos de los pueblos llamados primitivos no ha suscitado un interés tan vivo y tenaz como los pieles-rojas y si el indio encarna algunas de nuestras nostalgias que erróneamente se califican de pueriles, es preciso que sea algo por sí mismo, pues «no hay humo sin fuego».


[24] Una «ordalía», según la expresión de Hartley Burr Alexander.


[25] El hijo de Héhaka Sapa nos contó que había, entre los guerreros indios, hombres que hacían la promesa de morir en la guerra; se les llamaba «los que no regresaban» y llevaban insignias particulares, en especial un bastón adornado con plumas cuya punta estaba encorvada. Hemos oído hablar de ello igualmente entre los indios cuervos.


[26] «Lo que nunca se puede quitar a un hombre —nos dijo un sioux— es su educación; no se le puede quitar como tampoco comprar. Cada uno debe formarse el carácter y la personalidad; el que se deje ir caerá y llevará la responsabilidad de ello.» También es absolutamente típica la siguiente reflexión del mismo interlocutor: «Cuando el indio fuma el Calumet, lo dirige hacia las cuatro direcciones y hacia el cielo y la tierra y en seguida debe vigilar su lengua, sus acciones y su carácter.»


[27] Los germanos habitaban en pequeñas aldeas y los galos en ciudades, pero todas las edificaciones eran de madera, lo que indica una diferencia fundamental respecto a las ciudades de piedra de los mediterráneos.


[28] Last Buil —el antiguo guardián de las flechas sagradas de los cheyenes— nos relató una vieja profecía de éstos: Un hombre llegaría del Este con una hoja —o una piel— cubierta con signos gráficos; enseñaría esta hoja declarando que procede del Creador del mundo; y destruiría hombres, árboles y hierbas para sustituirlos por otros hombres, otros árboles y otras hierbas.




domingo, 20 de marzo de 2011

Los Esconjuraderos


Esconjuradero de Guaso

Un esconjuradero es una pequeña construcción religiosa de origen medieval exclusiva del Pirineo, sobre todo aragonés, aunque también se pueden encontrar en algunos valles de Cataluña y el Pirineo Francés. Cumplia funciones a medio camino entre las antiguas tradiciones "chamánicas" y la religión católica.  

Unarre (Lérida)

esconjuradero es un edificio de solo un piso de alzado de un piso, que presentan planta cuadrada con tejado piramidal y que posee cuatro aberturas, una a cada punto cardinal, de manera que el oficiante y toda la comunidad estuviera en contacto con la atmosfera e irradiara más fácilmente su influencia entre las fuerza naturales.

Guaso

Una cruz sobre el tejado no solo invocaba la protección divina, demostrando ante los males que acuciaban su respaldo; de alguna manera era signo de que su función estaba inscrita dentro de la practica ortodoxa de la Iglesia.

Labuerda

Abierta a los cuatro puntos cardinales por arcos de medio punto, era usada como lugar para esconjurar o conjurar las tormentas, es decir, realizaban un ritual en el que se solicitaba el cese de las lluvias que tantos perjuicios traían a la agricultura.


Los esconjuraderos solían estar cerca de las iglesias católicas, especialmente las ermitas. El rito se basaba en unas plegarias a Santa Bárbara protectora de las tormentas, una rociada de agua bendita por parte del cura y algunas frases  tradicionales.


La fórmula de la que se tiene constancia decía:
“Boiretas en San Bizien y Labuerda: no apedregaráz cuando lleguéz t’Araguás: ¡zi! ¡zas!”
 Es de suponer que el el zi-zas último iba acompañado de sendos y enérgicos meneos con el hisopo del agua bendita.


    Actualmente, están en desuso, y algunos de ellos, han sido tragados por la naturaleza o por las aguas. (Burgasé o Mediano). Sin embargo el resto (Almazorre, El Pueyo de Araguás, Asín de Broto, Guaso y San Vicente de Labuerda) se encuentran en perfecto estado de conservación.
La historia nos cuenta que el inquisidor fray Martín de Castañega critica la proliferación de conjuradores que “juegan con la nube como con una pelota”, “procuran echar la nube fuera de su término y que caiga en el de su vecino” y afirman falsamente convertir el granizo en agua. A cambio recomienda,   que el pueblo se congregue junto al sacerdote, rece letanías y plante una cruz frente a la tormenta. En muchas iglesias y ermitas, como la de San Sebastián de Otaola, contaban con una campana que según la tradición antigua, ahuyenta las tormentas con su sonido.


He leido que a los esconjuraderos hay que ir en día despejado... no porque pongamos en duda su funcionamiento sino porque normalmente desde su situación podremos ver las vistas más hermosas...


Mediano

 Esta demostrado que estos ritos no protegían contra las tormentas provocadas por el hombre. Aquí mostramos un vestigio de como quedó el esconjuradero de Mediano tras ser inundado por la construcción del pantano tras una Real Orden del 18 de marzo de 1925  que aprobaba esta obra destinada a regar y fomentar la agricultura en la zona de los Monegros.  

Mediano

sábado, 26 de febrero de 2011

Sigmund Freud y la Odontología

En los últimos tiempos se han investigado las enfermedades de distintos personajes históricos  relevantes.  Así se han reconocido distintas patologías que  causaron un enorme sufrimien­to en distintos personajes históricos. Así se ha estudiado, por ejemplo, la enfermedad de Paganini (síndrome de Marfan), Renoir o Rubens (artri­tis reumatoidea), Chopin (tubercu­losis), Van Gogh (esquizofrenia) o Lord Byron (epilepsia). De la mis­ma forma, la Asociación Americana de Cirugía Oral y Maxilofacial  propuso la investigación de la historia clínica de Sigmund Freud, puesto que  fue determinante en vida y obra que padeciera un cáncer oral.


Sigismund Schlomo Freud nació el 23 de septiembre de 1856 en Pri­bor, una ciudad que en ese tiempo pertenecía al Imperio Austríaco, y que ahora forma parte de la Repú­blica Checa. Era el mayor de seis hermanos, producto del segundo matrimonio de su padre, Jacob, un trabajador muy humilde de la industria de la lana. Su padre, a pesar de su austeridad, intentó dar una educación académica a todos sus hijos.  Con determinación inscrbió a Sigmund en la Facultad de Medicina de la Universi­dad de Viena cuando contaba con 17 años de edad.  No es necesario decir que él creció y se educó en un ambiente familiar  impregnado de la religión judía.  A pesar de estos orígenes, hay indicios que  indican su renuncia a la tradición de sus antepasados, durante el transcurso de su carrera universitaria. De hecho, en todos los documentos oficiales elimina el nombre Schlomo (Salomón) y, por otra parte, destruye todos sus do­cumentos personales en dos oca­siones, en 1885 y en 1907. .  En este tiempo se  declara profundamente ateo.


 A lo largo de su carrera, que culmi­nó especializándose en Neurología, huyó de la explicación "orgánica" de las enfermedades y se orienta­ba en la explicación del papel que jugaba la mente en numerosas do­lencias. Ello era debido, en parte, a la influencia que sobre él tuvieron dos de sus grandes maestros: Jean ­Martin Charcot  y Josef Breuer.  A partir de ahí conceptos como inconsciente, yo, ello, superyo, com­plejo de Edipo, etapa fálica, teoría de la mente o interpretación de los sueños son algunos de los que desarrolló a lo largo de su vida, que supusieron una verdadera convulsión en su época y que han tenido una gran influencia en la psicología y psiquiatría contemporánea.
 

Siempre se trató de una per­sona muy culta, lectora de to­dos los autores clásicos, gran conversador y tertuliano y pro­lífico escritor.     Su influencia en determinados aspectos del arte ha sido im­portante. De hecho, personajes como Alfred Hitchcock, Luis Bu­ñuel, André Breton o Salvador Dalí reconocen la importancia de Sigmund Freud en su vida perso­nal o en su obra.

Está claro que sus teorías, tan­to en su tiempo como en la época, actual, han dividido a la comuni­dad científica. Por un lado, sus admiradores defienden la expli­cación de numerosas entidades y del supuesto éxito del tratamiento freu­diano en las mismas. Sin embar­go, sus detractores concentran sus críticas en la falta de rigor científico, en la obsesiva expli­cación de distintos cuadros a través de alteraciones mentales -la parálisis cerebral neonatal la entendió como un efecto de dis­tintas vivencias del feto- y en el hallazgo de numerosos estudios "fraudulentos" -como el escán­dalo del tratamiento de un noble ruso llamado Sergei Pankejeff denominado "el hombre de los lobos"-.



 Enfermedad estomatológica

En cuanto a la enfermedad de la cavidad oral de la que fue víc­tima Sigmund Freud, las prime­ras noticias datan del año 1917 -cuando él contaba con 61 años-, al notar el propio paciente una lesión inflamatoria y muy doloro­sa en el paladar. Él era un fuma­dor empedernido de cigarros pu­ros. Su marca preferida era Don Pedro. En la gran mayoría de sus retratos aparece en compañía de su puro encedido. De hecho en 1899, a la  edad de 33 años  aparece un problema cardiaco,  presumiblemen una angina o una arritmia.  Su médico internista, Wilhem Fleiss, le aconsejó reducir o eliminar el tabaco, vicio que en diferentes documentos lo calificaba como  "mi pecado".   En esta época  la respuesta a este consejo, reflejada en distintas biografías,  era: "Yo no voy a obedecer tu prohibición de fumar, ya que no sé realmente si sería  de provecho, Por otra parte mi vida sería muy miserable. Sin el tabaco no hubiera podido trabajar tan duro como lo he hecho. 


Curiosamente, la aparición de esa lesión oral en el año 1917 co­incidía con una época en la que él abandonó el hábito de fumar obligado por las restricciones que ocasionaba la Primera Gue­rra Mundial. De hecho, Sigmund Freud pensó que la causa de esta primera lesión, cómo no, era de índole psicológica de tal mane­ra que, según nuestro paciente, ésta desaparece al comenzar a fumar de nuevo. Es de suponer que la lesión permaneció "esta­ble" hasta febrero de 1923 donde comenzaron las molestias que anunciaban la ulcera­ción de la misma.
Tardó dos meses en pedir ayuda a Maxim Steiner, dermatólogo y amigo, y Felix Deutch, su médico de familia y también amigo. Él le dijo a Deutch "prepárate para ver algo que no te va a gustar". Ambos doctores llegaron al diag­nóstico clínico de cáncer avan­zado que se localizaba el paladar derecho. Pero ellos temieron, ante la aparición de ciertas tendencias suicidas de Freud, con­firmarle el diagnóstico y le anun­ciaron que sólo se trataba "de un mal caso de leucoplasia -lesión premaligna de la cavidad oral­ que requería una extirpación y una biopsia". Por contra, él se sintió traicionado por Deutch al no confesarle la verdad y evitó su contacto durante meses.

EN MANOS DE HAJEK
Por iniciativa propia, decidió pe­dir opinión al profesor de Laringo­logía de la Universidad de Viena Markus Hajek. Aquí empieza un capítulo desastroso en el trata­miento del cáncer oral de Freud. A pesar de la reputación que te­nía Hajek como el mejor otorri­nolaringólogo de Viena, Freud confiesa en la biografía de Ernest Jones -su biógrafo oficial- que aquél le producía un sentimiento contradictorio, puesto que no le gustaba el trato que dispensaba a sus pacientes. Con respecto a la preparación de Hajek, otro mé­dico y amigo de Freud, M. Schur, en la obra Freud: vida y muerte, afirmaba que "se trataba de un cirujano mediocre y no estaba cualificado para operar un carci­noma que necesitaba de una re­sección de maxilar superior". De hecho, el ascenso de Hajek en su vida profesional estuvo motivado por una serie de influencias que propiciaron su progresión y la eli­minación sistemática de todos los posibles competidores.



El hecho es que el 20 de abril de 1923, Deutch acompañó a Freud a la clínica privada ambu­latoria dirigida por Hajek para extirparle la lesión e inmediata­mente darle el alta hospitalaria. El análisis de la documentación permite conocer que la resección fue incompleta y que durante la intervención se produjo una he­morragia importante. Esta inter­vención fue realizada únicamen­te con anestesia local.
Desafortunadamente el hos­pital se encontraba lleno y, ante las vicisitudes acaecidas en el quirófano, se dejó a Freud en una habitación que tenía dos ca­millas con objeto de pasar la no­che. Esa habitación fue compar­tida con un paciente enano, sor­domudo y con un déficit mental importante. Sin embargo, este camarada fue el que le salvó la vida aquella noche. Durante la misma, parece que Freud sufrió una terrible hemorragia y fue su compañero, también interveni­do, el que fue buscando por todo el sanatorio a alguien que le pu­diera prestar ayuda. Localizó en una planta a una enfermera, la cual consiguió taponar la cavi­dad oral de Freud y así combatir la hemorragia. Hay pruebas que confirman que se avisó e informó a Markus Hajek del curso clíni­co del paciente y que él rehusó trasladarse a la clínica para ha­cerse cargo de su tratamiento.
Freud no hizo ningún comen­tario de esta intervención a na­die de su familia y fue su hija Anna quien se personó en la clínica a la mañana siguiente y encontró a su padre senta­do en una silla, aturdido y con toda (a ropa manchada de san­gre. Anna pidió explicaciones a Hajek y aunque él le recomen­dó el traslado al domicilio, ella se negó y pasaron otra noche en esa clínica.
El diagnóstico histológico fue el de "carcinoma de cé­lulas escamosas" y a partir de ahí Freud se refirió a ella como "mi querida neoplasia". Fue Hajek quien recomendó com­plementar el tratamiento con radioterapia, la cual fue apli­cada y dirigida por el profesor Guido Holzknecht. La radiote­rapia se realizó mediante la colocación, en la cavidad oral de Freud, de cápsulas de radio. Esta radioterapia interfirió con el proceso de cicatrización y le produjo un intenso dolor y un enorme trismus (incapacidad para abrir la boca). Ante la ex­periencia que había tenido con Hajek y la constatación de que aún presentaba lesión dentro de la cavidad oral, Deutch hizo que Freud fuera visto por otro cirujano, Hans Pichler.



Pichler era una persona muy bien formada. Realizó sus es­tudios en Viena y Praga y se trasladó a Chicago durante una época.  
Este pensó hacer el tratamiento en dos fases. En la primera, realizada el 4 de octubre de 1923, ligó la arte­ria carótida externa derecha y extirpó el ganglio linfático cervical que estaba aumenta­do de tamaño. El informe del anatomopatólogo confirmó que no había enfermedad tumoral en el ganglio linfático. Esta in­tervención se llevó a cabo con anestesia local y una sedación con la ayuda de un medicamen­to denominado Pantopón y el objeto de la misma era que una semana más tarde, el 11 de oc­tubre de 1923, se realizara una resección y extirpación del pa­ladar -la ligadura de la arteria carótida externa ocasionaría menor hemorragia durante esta intervención-. En la misma, y de forma novedosa, se empleó un aparato que hoy se encuentra en cualquier clínica, el bisturí eléctrico o electrobisturí.


Más adelante tuvo una recidiva y se le realizó otra intervención que consistió en una resección importante del maxilar superior y de la mandíbula. El defecto de conti­nuidad o la cavidad que quedó después de la extirpación se rellenó con un taponamiento de gasa y una prótesis deno­minada "obturador" y que pre­tendía separar la cavidad oral de la cavidad nasal. Pichler revisó a Freud a diario para cambiar el taponamiento y el 7 de noviembre de 1923 detectó una úlcera en el área interve­nida. Se trataba, de nuevo, de la aparición del cáncer que se confirmó mediante una biop­sia. El 12 de noviembre hizo una extirpación de esa lesión que aumentó la perforación del paladar y la conexión entre las cavidades nasal y oral. Que­dó con un defecto del maxi­lar superior que causó graves problemas para comer, hablar pero, según sus palabras, "so­bre todo para fumar".
Era tal el grado de deses­peración de su equipo médico que le aconsejan una técnica que en aquel tiempo se aconsejaba para aumentar el vigor general y las defensas frente a la enfermedad. Se trataba de la técnica de Steinach, que consistía en la ligadura o sección de los vasos deferentes testiculares. Evidentemente el efecto esperado "rejuvenecimiento” y mejoría del paciente no se produjeron.
El obturador que se colocó en la cavidad oral ocupó un lugar fundamental en el curso clínico de Freud. El lo denominaba como " el monstruo o mal necesario". Siempre le molestó mucho y tuvieron que realizarle muchísimas modificaciones a medida que iba cicatrizando y  cambiando la cavidad que se había producido en la boca. La extracción y colocación del obturador solamente podía ser realizado por su querida hija Anna. Incluso se desplazaron a Berlín para que un famoso dentista de su época, el profesor Schroeder, construyera un nuevo aparato obturador con una mezcla de caucho duro y oro denominado vulcanita.
Durante tres años, hasta 1931, toleró muy bien este aparato, pero comenzó de quejarse de las molestias que  este le producía. En ese tiempo dos buenas amigas suyas Ruth Mack Brunswich  y María Bonaparte se enteraron que un famoso cirujano oral de la Universidad de Harvard, el profesor Varastad Kazanjian, acudiría a una reunión profesional en Berlín. Estas dos personas se acercaron al hotel y rogaron a Kazanjian que atendiera a Freud con objeto de fabricarle una nueva prótesis obturadora. En principio Kazanjian no aceptó el trabajo, pero Brunswich como María Bonaparte contactaron con el padre de Kazanjian –mienbro del Consejo de la Universidad de Harvard- para que convenciera a su hijo de que atendiera Freud. Kazanjian acepto el trabajo y pide hacerlo en la consulta de Píchler, tardando tres semanas en construir la ansiada prótesis por la que cobró 6.000 dólares. Freud, aunque molesto por el dolor, se sentía más a gusto con este tipo de prótesis y se refiere a Kazan­jian como "un mago reservado y tímido con una sonrisa como la de Charlie Chaplin".




RETIRADA A LONDRES
En 1934 aparece una nueva le­sión -no se sabe si era maligna ­que es tratada con radiotera­pia. La misma fue aplicada me­diante una prótesis dental que llevaba radio -material radio­activo-. En 1936 se confirma la aparición de una nueva lesión maligna y es tratada mediante una intervención con anestesia general. Freud afirmó que es­taba "gratamente impresiona­do por este procedimiento".
Ese mismo año llegan los nazis a Viena y, aunque él se declaraba abiertamente ateo, seguía teniendo mucha re­lación con toda la población judía de esta ciudad. Fue en­tonces cuando él se preguntó: "¿Dónde puedo ir yo en mi ac­tual situación de dependen­cia e impotencia física?". Él se sentía muy seguro junto a
Pichler, pero el arresto tem­poral de su hija Anna por los nazis le convenció de que lo mejor era trasladarse. Acep­tó el ofrecimiento de su hijo Ernst, ya afincado en Londres, y el traslado fue planeado y ayudado por María Bonaparte. Su amigo Schur fue quien le acompañó a Londres donde se establecieron en Swiss Cottage -donde está ubicada la casa museo de Freud-.
Pichler encargó el seguimien­to y cuidado de Freud a una serie de cirujanos orales ingle­ses. No obstante, apareció una nueva lesión y fue Pichler quien se trasladó a Londres para rea­lizar una nueva intervención donde, además, recomendó de nuevo radioterapia. El año 1939 fue muy duro para Freud como consecuencia de la mala calidad de vida y los fuertes dolores que sufría. De hecho, está confirmada la utilización de cocaína -terapia que apren­dió de su maestro Breuer- para combatir estos dolores.


Todas las intervenciones fi­nalmente produjeron un défi­cit estético caracterizado por un hundimiento de la hemicara derecha. Pero el hecho que precipitó los acontecimientos fue la perforación y la gangre­na de la piel del lado derecho de la cara. Ello produjo, apar­te del dolor, un olor nausea­bundo en su habitación de tal manera que su perro no quería entrar en la misma e, inclu­so, se instaló una cámara con mosquitero alrededor para evi­tar la molestia que producía la gran cantidad de insectos que acudían.
En una conversación man­tenida con Schur, en 1938, le hizo prometer a éste que no le dejara sufrir al final de su vida y, de hecho, el 22 de sep­tiembre de 1939 le comentó "mi querido Schur, tienes que recordar tu promesa de no abandonarme ni traicionarme cuando mi tiempo se acabe. Actualmente esta tortura no tiene ningún sentido". Schur personalmente administró 200 mg de morfina y,12 horas más tarde, otros 200 mg. Freud evolucionó hacia el coma y murió a las tres del 23 de sep­tiembre de 1939.


Durante estos 16 años de enfermedad Freud sufrió 33 in­tervenciones. Aquí se han des­crito las más importantes. Este relato está basado en las notas taquigráficas de Pichler, tomadas por Florencio Monje.



El editor en el diván de S. Freud de su casa museo de Londres.
  

viernes, 18 de febrero de 2011

La Crucifixión de Juan de Flandes



 La Crucifixión de JUAN DE FLANDES (1456-1519), pertenece  a los principios del Renacimiento español. Esta tabla tiene un tamaño de 123 cm × 169 cm.  y forma parte del retablo de la catedral de Palencia, que hoy podemos  verlo en el Museo del Prado.


   Cristo ha muerto y las tinieblas cubren el sol. A su alrededor en semicírculo, la Virgen, San Juan, las Marías y Magdalena completan el semicírculo, un lancero de espaldas.    Como detalle curioso resaltamos un sol obscuro y la luna.  Estos astros parecen  siempre representados en la escena de la Crucifixión a la derecha e izquierda de la cruz. En la narración de Lucas 23, 44 leemos:"..era la hora sexta y las tinieblas cubrieron la tierra hasta la hora nona oscureciéndose el sol y el velo del templo se rasgó"... 


Bajo la Cruz la calavera, según la tradición Adán fue enterrado en el Gólgota y simboliza la redención total de la humanidad pecadora.  Las piedras preciosas evocan el Paraiso y el trozo de coral rojo simboliza la sangre de Cristo.  
  

  El tamaño de la tabla hace que la calavera de Adán tenga un tamaño de 10 cm. En el detalle de esta podemos observar que presenta unas piezas dentales abrasionadas y careadas, además de una corona de oro sobre el canino izquierdo. Sobre el parietal izquierdo podemos ver un pequeño orificio de desconocido significado.


 Debemos suponer que fue una consecuencia del fatídico mordisco a la manzana.


Tras unas rocas se asoma el cráneo de Eva con un aspecto que nos recuerda a los cráneos de los supuestos antecesores del hombre. ¿Era, Juan de Flandes, un predecesor de las teorías de Darwin?



P.D. Para los excesivamente crédulos, estas últimas notas son una broma.. A la manera de "El hombre de Piltdown", ese fraude científico que se dió tras dar a conocer Charles Darwin en 1859 su famosa teoría de la evolución.   El geólogo aficionado, Charles Dawson, presentó un cráneo del que aseguraba que era "el eslabón perdido entre el simio y el hombre". Sin embargo, se descubrió más tarde que el "Hombre de Piltdown", como se le llegó a conocer al haber sido encontrado supuestamente en dicha zona de Inglaterra, no era más que un cráneo humano actual pulido hasta haberle dado una forma simiesca.

jueves, 3 de febrero de 2011

George Washington. Particularidades de la historia de un caso clínico odontológico


George Washington fue en un momento u otro tratado por la mayoría de los dentistas que ejercieron en varias localidades de las colonias y de la Federación Americana, entre ellos Benjamin Fendall (que, según los documentos, también hizo una prótesis parcial de Martha Washington) , John Baker, un Spencer, el Sr. Jean Pierre LeMayeur, Jacques Gardette, Andrew Spence, Whitlock Edward, y John Greenwood. En una ocasión, Washington se vio obligado incluso a tener necesidad de los servicios del “físico”, James Craik, que le extrajo una muela debido al dolor insoportable que padecía.




Retrato de G. Wsahington de Charles Wilson Peale

  Durante toda su vida adulta, el padre de su país, estuvo afectado por los dolores de muelas. A los cuarenta y siete años, cuando posó para ser retratado por el pintor Charles Willson Peale, su rostro tenía una cicatriz notoria en la mejilla como consecuencia de una fístula, que se había desarrollado probablemente debido a un absceso dental. Cicatriz que se puede imaginar en la figura adjunta.

Detalle del retrato de G. Washington realizado por Ch. W. Peale. Con la cicatriz de la fístula dentaria.

   
 Es oportuno apuntar que este pintor, Peale, que coqueteaba con muchas vocaciones, a la vez probó suerte en la fabricación prótesis de porcelana.

Los diarios de Washington contienen numerosas referencias a episodios de dolor de muelas, y generales. A medida que envejecía, Washington perdió un diente tras otro hasta que, en 1790, en el momento de su toma de posesión como presidente, sólo tenía un premolar inferior izquierdo.


Retrato de G. Washington de Gilbert Stuart

Su correspondencia y la de su esposa son una letanía de problemas dentales continuos, y algunos contienen peticiones singulares. Mientras dirigía el ejército continental en Newburgh, en 1783, Washington le escribió al dentista John Baker, pidiéndole información de cómo utilizar los materiales “yeso de París” para realizar modelos de su boca para confeccionar una dentadura. "


En 1799 su esposa Martha escribió con bastante urgencia desde Filadelfia a su dentista, diciendo que estaría "muy agradecida al señor E. Whitlock por hacerle una dentadura, algo más grande y más gruesa en la parte frontal .... Ella estará muy contenta si él las realiza con prontitud, porque la que ella tiene están casi rotas. "



Retrato del dentista de G. Washington Wil Lovett


John Greenwood realizó cuatro series de prótesis para George Washington, fabricadas de una variedad de materiales como el oro, colmillos de hipopótamo, marfil de elefante y dientes humanos Como en la figura adyacente. Contrariamente al dicho popular, Washington no tenía los dientes de madera.




Una de las dentaduras que llevaba era muy pequeña, y cuando Gilbert Stuart se dispuso a pintar el retrato del presidente, se encontró una cara tan hundida que se vio obligado a conformar los labios y las mejillas con algodón hidrófilo, con la esperanza de darle un aspecto más normal. Desafortunadamente, el rostro de Washington aparece como consumido, resaltando una apariencia de anciano prematuro, carácter en marcado contraste con sus retratos como un hombre joven y vigoroso, poseedor de una propia y voluntariosa dentadura.


En 1798, Washington escribió al dentista Greenwood, comentándole que las prótesis que había hecho para él, estaban cambiando los dientes de color, Greenwood le aconsejó que las manchas eran "ocasionadas por beber vino de Oporto. Los ácidos de este le quitan todo el esmalte ... Yo le aconsejo que cualquier dentadura que use, se la quite después de las bebidas y las ponga en agua limpia y se coloque la de repuesto, o que las limpie con un cepillo y una tiza, raspándola con delicadeza ".

Para el retrato de George Washington 1796, después de haber perdido todos sus dientes, Gilbert Stuart realizó una conformación de los labios y mejillas mediante algodón absorbente. Así el presidente parecia tener la boca con un aspecto más natural. Detalle de una pintura del Museo de Bellas Artes de Boston, y del Portrait Gallery, Smithsonian Institution, Washington, DC



Dentadura de G. Washington, realizada por John Greenwood
Última prótesis dental de George Washington, esta fue hecha para él por John Greenwood. El paladar fue estampado con una lámina de oro, y los dientes de marfil estaban clavados en ella. La dentadura inferior consta de un solo bloque tallado de marfil. Los dos prótesis se mantienen unidas por muelles de acero. Museo Nacional de Historia Americana, Smithsonian Institution, Washington, DC


 George Washington, con el aspecto que podría tener sin el "maquillaje" de algodón.

He retocado este retrato de G. Washington para conformar su rostro al estado que presumiblemente podía mostrar.