viernes, 21 de octubre de 2011

Ser Conservador, Titus Burckhardt


Ser Conservador  Titus Burckhardt




Titus Burckhardt, suizo-alemán, nació en Florencia en 1908 y murió en Lausana en 1984; fue sobrino-nieto del famoso historiador Jacob Burckhardt . En la década de 1930 pasó algunos años en Marruecos. Destacó como uno de los exponentes de la "sabiduría perenne" o "verdad universal" de la metafísica, la cosmología y el arte tradicional". Fue miembro eminente de la "escuela tradicionalista" del siglo XX, que incluía en sus filas a F. Schuon, M. Lings, S. H. Nasr, A. Coomaraswamy y R. Guénon.  Burckhardt se convirtió al islam, aprendió árabe y entró en contacto con el sufismo. 


                    Si se dejan de lado todas las implicaciones política que posee este término, el «conservador» es ante todo alguien que se esfuerza por «conservar». Para determinar si tal actitud es acertada o errónea, basta considerar lo que se intenta conservar. Si las estructu­ras sociales que se defienden -y, por otra parte, siem­pre se trata de esto- están en conformidad con la fina­lidad más alta de la vida humana y corresponden a las necesidades profundas del hombre, ¿por qué esas estruc­turas sociales no habrían de ser tan buenas, e incluso mejores, que todas las innovaciones que el transcurso del tiempo puede aportar? Parece normal seguir un razo­namiento como éste, pero el hombre contemporáneo ya no razona normalmente. Incluso cuando no despre­cia sistemáticamente el pasado y no pone todas sus esperanzas únicamente en el progreso técnico para mejorar la suerte de la humanidad, tiene generalmente un pre­juicio contra toda actitud conservadora. Pues, de hecho, ya tenga conciencia de ello o no, está influido por la tesis materialista según la cual toda forma de «conser­vadurismo» va contra el principio de cambio inherente a la vida y conduce al «estancamiento».

 Sigfrido o Sigurd 

El estado de penuria en que se encuentra hoy el conjunto de los pueblos que no han seguido el tren del progreso técnico parece confirmar esta tesis; en rea­lidad, se omite observar que aquí hay una incitación a un desarrollo cada vez mayor, más que una explicación de los hechos. La idea de que todo deba ser arrastra­do en este cambio constante es un dogma moderno, que tiende a imponerse de forma absoluta en el espí­ritu de nuestros contemporáneos. Se oye proclamar en un tono perentorio, incluso por parte de los que se consideran cristianos, que el hombre mismo está inclui­do en esa evolución general; y no sólo desde el punto de vista de los sentimientos, de los juicios que están efectivamente influidos por nuestro entorno, sino tam­bién de la propia naturaleza humana, la cual, según ellos, está sometida a la ley universal del cambio. Exis­te la idea familiar de que el hombre está en curso de evolución y debe evolucionar hacia una especie supe­rior; el hombre del siglo veinte, por consiguiente, es, según esto, diferente del hombre de las épocas pasa­das. En todo esto se pierde de vista esta verdad esen­cial, proclamada por todas las religiones, a saber, que el hombre es el hombre, y no sólo un animal entre los
demás, por el solo hecho de que lleva en sí mismo un centro espiritual que no está sometido al principio cós­mico del cambio. En ausencia de este centro espiritual, que es la fuente de nuestras capacidades de razona­miento -y que, por tanto, se puede definir como el ór­gano espiritual que vehicula el sentido de la verdad-, no seríamos siquiera capaces de constatar el cambio que se opera en el mundo que nos rodea. En efecto, como lo enuncia Aristóteles, los que declaran que todo, incluida la verdad, se encuentra en un estado de flujo perpetuo se condenan a la contradicción interna: si nada resiste a ese flujo incesante, ¿sobre qué base pue­den, pues, formular un juicio válido?
Aquí, sin duda es necesario recordar que el centro espiritual del ser humano es mucho más que la sola psi­que, la cual está sometida a los instintos y a las impre­siones de toda clase, y que asimismo es muy superior al pensamiento racional. Hay en el ser humano algo que lo enlaza con lo Eterno y que se encuentra precisamente en el punto en que «la luz que ilumina a todo hombre que viene al mundo» (Juan 1,9) se refleja en el plano de nuestras facultades psíquicas y físicas.
Si bien este «núcleo» inmutable del corazón del hom­bre no puede ser percibido directamente -del mismo modo que no se puede captar el punto sin dimensio­nes del centro de un círculo-, se sabe sin embargo por qué vías es posible acercarse a él. Semejantes a los radios que convergen hacia el centro de una rueda, estas vías de acceso constituyen la base inmutable de todas las tra­diciones espirituales. Tomadas como reglas normativas para la acción, y para las estructuras sociales que se con­ciben en función del centro espiritual del hombre, estas vías constituyen igualmente la base de toda actitud con­servadora auténtica; tanto es así que el deseo de con­servar ciertas estructuras sociales sólo tiene sentido si estas últimas se fundamentan en el centro inmutable de la condición humana. Esta condición, por lo demás, deter­mina igualmente su capacidad para mantenerse a lo largo del tiempo.
En una cultura que, desde su misma fundación, y en virtud de sus orígenes sagrados, está orientada hacia ese centro espiritual, y por ello mismo hacia el orden eterno, la cuestión del valor, o de la justificación, de la actitud conservadora ni siquiera se plantea. No existe, por otra parte, ninguna palabra para definir este con­cepto, de tan evidente que es. En una sociedad cristia­na se es cristiano, al igual que se es musulmán en una sociedad islámica, budista en una sociedad budista, y así sucesivamente. Sin lo cual no se puede pertenecer a estas sociedades respectivas, ni tomar parte en su fun­cionamiento; uno sólo podría mantenerse aislado, o bien oponérseles de modo secreto y disimulado.
Este tipo de culturas viven en función de una ener­gía espiritual que pone su sello en todas las formas, desde las más altas hasta las más mínimas; es así como estas culturas son verdaderamente fecundas y creativas. Al mismo tiempo, estas culturas necesitan fuerzas de conservación, sin las cuales su organización no tardaría en disolverse. Basta, por lo demás, que este tipo de socie­dad tradicional sea más o menos coherente y homogé­nea para que la fe, la fidelidad a lo sagrado y una acti­tud «conservante» o conservadora se reflejen unas en otras como una serie de círculos concéntricos.
La actitud llamada conservadora sólo se vuelve pro­blemática a partir del momento en que el orden social ya no está determinado por el orden eterno de las cosas, como es el caso en la Europa de los tiempos modernos. La cuestión que se plantea entonces es la de saber qué fragmentos o vestigios del orden tradicional, que anta­ño englobaba todos los ámbitos, merecen ser preserva­dos prioritariamente para tal o cual ámbito de la vida colectiva. En cada fase histórica de una sociedad (y estas fases se suceden ahora a un ritmo cada vez más rápi­do), los prototipos originales se vuelven a encontrar en un grado o en otro. Aun cuando el orden primordial esté destruido, quedan de él, sin embargo, ciertos ele­mentos, que conservan una relativa eficacia. Después de cada ruptura con el orden antiguo se establece un equi­librio nuevo, por muy fragmentario e incierto que sea. Ciertos valores esenciales se han perdido irremediable­mente en el camino, mientras que otros, más secunda­rios al principio, se ven situados en primer plano. Si se quiere evitar que incluso estos últimos se pierdan a su vez, vale más conservar el equilibrio existente que vol­ver a ponerlo todo en cuestión en un intento arriesga­do de efectuar una renovación total.
Cuando la alternativa se presenta concretamente en la Historia, la palabra «conservador» hace su aparición. En Europa hizo fortuna por primera vez en la época de las guerras napoleónicas. Este término está definitiva-mente marcado por el dilema que lleva en sí intrínse­camente. El «conservador» siempre es sospechoso de querer preservar solamente sus privilegios, por modes­tos que sean. En estas condiciones, la cuestión de saber si lo que se quiere conservar vale o no la pena está vicia­da de entrada. Y sin embargo: ¿por qué habría que excluir que las ventajas privadas de tal o cual grupo coincidie­ran con la justicia? ¿Y por qué determinadas jerarquías y obligaciones sociales no podrían ser fuente de buena inteligencia entre los individuos?

Editado por Olañeta

La manera en que razonan nuestros contemporá­neos demuestra claramente que la inteligencia profun­da tiene muy pocas posibilidades de desarrollarse a falta de un medio favorable desde este punto de vista. Sólo muy escasos individuos -en general los que en su juven­tud han podido conocer algunos recuerdos del orden antiguo, o los que han tenido la ocasión de entrar en contacto con una cultura todavía tradicional en Orien­te- son capaces de imaginar la felicidad y la paz inte­rior que puede conferir un orden social jerarquizado de acuerdo con las vocaciones naturales y las funciones espirituales. Y todavía hay que añadir que procura estos beneficios no sólo a la élite dominante, sino también a las clases trabajadoras.
Dicho esto, no hay ninguna sociedad humana, por muy justa que sea globalmente, que no contenga males relativos. Sin embargo, hay un medio seguro y fácil de determinar si tal o cual orden social ofrece o no la feli­cidad a la mayoría de sus miembros: la consideración de los objetos de arte y de todos los productos artesanales,
que no sólo tienen una vocación utilitaria, sino que mani­fiestan cierto gozo creativo. Una cultura en la que las artes son privilegio exclusivo de una clase particularmente educada, de modo que ya no se encuentra en ella arte popular o un lenguaje artístico que pueda ser comprendido por todos, es un fracaso completo desde este punto de vista. El éxito extrínseco de una profesión se mide por los beneficios que garantiza; pero su éxito intrínseco resi­de en su capacidad para recordar al hombre su verda­dera naturaleza, querida por Dios. A este respecto, éxito extrínseco y éxito intrínseco no coinciden siempre. Labrar la tierra, rezar para que llueva, crear objetos útiles y for­mas inteligibles a partir de las materias primas que ofre­ce la naturaleza, compensar la indigencia de unos con el exceso de riqueza de otros, reinar estando dispuesto a sacrificar la propia vida por aquellos sobre quienes se reina, enseñar por amor a la Verdad: he aquí algunas de esas ocupaciones tradicionales que llevan en sí mis­mas su propia recompensa. Uno tiene derecho a pre­guntarse si el «progreso» las ha promovido o rebajado.
En nuestros días son numerosos los que piensan que el hombre realiza su verdadero destino en el trabajo, manejando una máquina. No: su destino verdadero e integral, el hombre lo realiza cuando reza e invoca la bendición divina, cuando dirige y combate, siembra y cosecha, sirve y obedece. He aquí lo que conviene a la naturaleza humana.
Cuando la urbanización que tiende a caracterizar a la vida moderna exige que el sacerdote se despoje de los signos exteriores de su función y se ponga a imitar tanto como sea posible el modo de vida de los laicos, tenemos ahí una prueba de que esta mentalidad urba­na ha perdido de vista la verdadera naturaleza del hom­bre. En efecto, percibir al hombre en el sacerdote equi­vale a reconocer que la naturaleza humana, en su fondo, se revela infinitamente mejor en la dignidad sacerdotal que en la condición del hombre «corriente». Toda cul­tura teocéntrica reconoce una jerarquía más o menos explícita de clases, o «castas», sociales. Esto no quiere decir que esa cultura vea al hombre como un fragmento aislado que sólo puede alcanzar su plenitud en el marco de una comunidad. Al contrario, esto significa que la naturaleza humana como tal es con mucho demasiado rica para que todo el mundo, en todo momento, pueda realizar todas sus diferentes facetas. La perfección huma­na no reside en la suma de todas estas facetas, o fun­ciones, sino más bien en su quintaesencia. Si ha habi­do sociedades fuertemente jerarquizadas que han podido mantenerse durante milenios, esto no se explica por la pasividad de los pueblos ni por el poder de los sobe­ranos, sino por el hecho de que ese orden social corres­pondía a la naturaleza humana.
Existe un error muy difundido según el cual la clase más naturalmente conservadora es la burguesía. Ahora bien, esta última se identifica en el origen con la cultu­ra de las ciudades, en las que, desde hace quinientos años, han nacido todas las revoluciones. Es cierto, sin embar­go, que la burguesía, sobre todo después de la Revolu­ción francesa, ha desempeñado a menudo un papel con­servador, e incluso, a veces, ha adoptado ciertos ideales


aristocráticos, aunque no sin explotarlos en su prove­cho, lo que ha tenido como consecuencia su gradual falsificación. En el seno de la burguesía hubo igualmente individuos cuyo conservadurismo descansaba en bases inteligentes, pero siempre fueron una minoría, y esto desde el principio.
El campesino, en cambio, es generalmente conser­vador; lo es, si puede decirse así, por experiencia, pues él sabe -pero `cuántos lo saben todavía- que la vida de la naturaleza depende de la renovación constante de innumerables fuerzas estrechamente vinculadas unas con otras y que deben mantenerse en equilibrio. Y no se puede tocar un solo componente de este equilibrio sin provocar el hundimiento de todo el conjunto. Basta des­viar el curso de un río para modificar la flora de una región entera o para eliminar una especie animal, lo que dará lugar inmediatamente a la proliferación catas­trófica de otra especie. El campesino no cree que la llu­via y el buen tiempo puedan crearse a voluntad.
De todo esto no hay que concluir que el punto de vista conservador esté ligado ante todo al sedentarismo y a la vinculación a una tierra: está demostrado que nadie en el mundo es más conservador que los nóma­das. En el viaje perpetuo que es su vida, el nómada se dedica a preservar el patrimonio que constituyen su len­gua y sus costumbres; resiste con pleno conocimiento de causa a la erosión del tiempo, pues ser conservador no significa ser pasivo, ni mucho menos.
Se trata de un signo eminente de nobleza; el nóma­da, en esto, se parece al aristócrata, o, más exactamente, la nobleza inherente a la casta guerrera tiene muchos puntos comunes con el alma del nómada. Por otro lado, la experiencia de una aristocracia que no ha sido corrom­pida por la vida de corte o por las costumbres urbanas, sino que ha permanecido próxima a la tierra, se pare­ce al tipo campesino descrito más arriba, con la dife­rencia de que el noble del campo siempre tiene un terri­torio y un entorno humano más vastos que el simple campesino. Cuando la aristocracia es consciente, por herencia y por educación, de la unidad esencial de las fuerzas de la naturaleza y las potencias del alma, posee una superioridad que no se puede adquirir de ninguna otra manera. Y quien se sabe dotado de una auténtica superioridad tiene derecho a ejercerla, exactamente igual que quien ha alcanzado la maestría total de un arte tiene derecho a poner su propio juicio por encima del juicio de los ignorantes.
Debe quedar bien claro, sin embargo, que la posi­ción predominante de la aristocracia está ligada a dos condiciones, una natural y la otra ética: la condición natural es que, en el seno de una misma tribu o fami­lia, se puede esperar, por regla general, la transmisión hereditaria de ciertos dones y ciertas cualidades; la con­dición ética viene resumida en el dicho nobleza obliga. Cuanto más elevados son el rango social y los privilegios que le corresponden, más grandes serán los deberes y las responsabilidades. Inversamente, cuanto más bajo es el rango, más reducido es el poder y más limitados son los deberes; en lo más bajo de la escala se encuentran las personas completamente pasivas, que apenas tienen
responsabilidades éticas. Si las cosas, en este terreno, no son siempre lo que deberían ser, no hay que buscar la causa principal de ello en la herencia natural, pues esta última funciona bastante bien como para garantizar inde­finidamente la homogeneidad de una casta. Hay que bus­car más bien la fuente de esa imperfección en la trans­gresión del principio moral mencionado más arriba, y que exige un justo equilibrio entre derechos y deberes. Ningún sistema social puede impedir los abusos de poder; semejante sistema, si existiera, no sería humano, puesto que el hombre sólo es hombre si responde al mismo tiempo, y por su propia volición, a una vocación natu­ral y a una vocación espiritual. El abuso de una autori­dad hereditaria, por consiguiente, no prueba nada con­tra la validez del principio de la aristocracia. En cambio, la vocación ética de esta última queda demostrada ente­ramente con el ejemplo del pequeño número de aque­llos que, cuando fueron despojados de sus privilegios ancestrales, no renunciaron por ello a la responsabili­dad moral que habían heredado.
Numerosos son los países en los que la aristocracia ha perdido el poder a causa de su autoritarismo; pero la nobleza ha sido desposeída no tanto por su autori­tarismo respecto a las clases inferiores como a causa de sus transgresiones tiránicas de la ley superior de la reli­gión, su única base moral de legitimidad y la única capaz de templar con la misericordia la autoridad de los pode­rosos de este mundo.
Después del derrumbamiento no sólo de la jerar­quía social, sino de casi todas las estructuras tradicionales, las personas que han conservado, con toda luci­dez, una mentalidad conservadora ya no tienen nada a lo que agarrarse. Se encuentran aisladas en un mundo completamente esclavizado que hace alarde de libertad, que se jacta de ser rico y diverso mientras que su uni­formidad lo aplasta todo. No se cesa de clamar que la humanidad está en la vía de un progreso continuo, que el ser humano, después de haber «evolucionado» duran­te millones de años, ha iniciado ahora una mutación decisiva que debe conducirle a su victoria final sobre las condiciones materiales de la vida. El conservador lúcido e inteligente está solo en medio de una multi­tud delirante, es el único que permanece despierto en medio de un pueblo de sonámbulos que toman su sueño por la realidad. Sabe, por experiencia y por discerni­miento, que el hombre, a pesar de su obsesión por el cambio, sigue siendo el mismo, para lo mejor y para lo peor. Las preguntas fundamentales que plantea la con­dición humana siguen siendo las mismas; las respuestas a estas preguntas son conocidas desde la noche de los tiempos, y, en la medida en que el lenguaje humano puede expresarlas, han sido transmitidas, desde siem­pre, al hilo de las generaciones. Este legado precioso es lo que importa ante todo al conservador lúcido e inte­ligente.
Dado que en nuestros días casi todas las formas de vida tradicional han sido destruidas, el conservador no tiene sino raramente la ocasión de tomar parte en una tarea que posea, por su significado y su utilidad, un valor universal. Pero toda medalla tiene su reverso: la desaparición de las formas tradicionales nos pone a prue­ba y nos obliga a dar muestras de discernimiento. En cuanto a la confusión que reina a nuestro alrededor en el mundo, nos impone dejar de lado todos los accidentes para volvernos resueltamente hacia lo esencial.
  

miércoles, 12 de octubre de 2011

El "Nuevo Nacimiento" y el Pilar


                                                                            “Que el Dios que ha nacido de nuevo como hombre nos                     
                                                       ayude a este nacimiento, para que nosotros, pobres hijos de la   
                                                       tierra, nazcamos en él en tanto que Dios; ¡que nos ayude a   
       ello eternamente! Amén”.

                                                                     Del Nacimiento Eterno;  Meister Eckhart



      Consideraremos la traducción numérica del hexagrama presente en los cimborrios de la Basílica del Pilar, formado por seis líneas, alternativamente continuas y discontinuas, que correspondería en lenguaje informático a un «byte» de seis «bit».  Si a esta cifra del lenguaje informático le asignamos, como ya lo hizo Leibniz, a la raya continua el valor uno y a la raya partida el valor cero, comprobaremos que reproduce al número 42 en cifras binarias.
Este número 42, además de otras relaciones, tiene una representación vertida en la liturgia de la festividad de la Virgen del Pilar.
Vamos ha realizar un circunloquio alrededor del “Pilar” para considerar  diferentes vertientes que lo relacionan con este número.


       Si seguimos la exégesis de Clemente de Alejandría y Orígenes,  la palabra «Pascua» la hacen derivar del hebreo  Fas פסח (pésaj)que significa pasaje.   Desde entonces, la Teología de la fiesta se centra en la Resurrección y se expresa mediante la idea de una travesía (diabasis), un ir más allá, un saltar (hyperbasis), un acceder a una nueva vida en otro mundo.    De tal forma la  Pascua cristiana es por excelencia la imagen de la  re-creación del universo.
La fiesta judía de la Pascua deriva de los capítulos XII y XIII del Éxodo que describen la salida de los Israelitas de Egipto, así como la larga marcha de cuarenta años por el desierto del  Sinaí hacia la  Tierra  Prometida, marcha que se pautó en cuarenta y dos etapas.   Para Filón de Alejandría (20 a.J.C. - 45 dj.C.), como para todos los judíos, la Pascua recordaba la salida de Egipto;  representando  también, «el pasaje del alma del mundo de los sentidos al del intelecto».


  En las Homilias sobre los Números,  Orígenes  precisa que las 42 estaciones que los hebreos pasaron en el desierto antes de llegar al Jordán, en busca de la Tierra prometida, representan un doble misterio: "Cristo descendió hasta nosotros a través de 42 antepasados según la carne, como por otras tantas estaciones, y es a través del mismo número de estaciones que los Hijos de Israel ascendieron hasta el lugar en que comienza la herencia prometida" ("27ª Homilía sobre los Números").
Y curiosamente entronca con la ortodoxia hebrea, manifestada en el  «Zohar », que dice sobre la creación:  « En el momento de la creación, los elementos constituyentes no eran puros; la flor de cada uno de ellos estaba aún mezclada con sus impurezas. Asimismo, todo carecía de orden, como el trazo producido por la plumilla cargada con los posos del tintero.   Fue,  gracias al nombre grabado por cuarenta y dos letras, cuando el mundo tomó una forma nítida. Toda forma existente en el mundo emana de estas cuarenta y dos letras, que son, en cierta manera, la corona del nombre sagrado. Al combinarse entre ellas, superponiéndose y formando así ciertas figuras arriba y ciertas otras abajo, han dado origen a los cuatro puntos cardinales y a todas las formas e imágenes existentes».


    Aquí se puede inferir que esas 42 letras por las cuales fue  formado el mundo, tienen relación con la 42 etapas del éxodo, por las que se llega a la tierra prometida o «Jerusalem», tierra sin impurezas y definitiva.   También lo podemos relacionar con el tiempo transcurrido desde la muerte de Jesús en la hora sexta del viernes, ( las tres de la tarde), hasta el amanecer del domingo momento al que acude María Magdalena con otras mujeres para ungirle, y se encuentran la piedra movida.  Pues bien, si contamos 9 horas del viernes, más 24 horas del sábado más las 9 horas que aproximadamente podrían suponer la mañana del domingo, tenemos 42 horas en total.  Suponiendo que el amanecer del domingo fuera a las siete horas, serian 40 horas que también tendrían paralelismo con los cuarenta años en el desierto del Sinaí.

                   Árbol genealógico de Jesucristo según S. Mateo, con los 42 ascendientes

              Una relación simbólica con este número, lo encontramos también en las fechas litúrgicas y conmemorativas que se celebran en la Basílica del Pilar. Si contamos los días transcurridos desde la fecha de la colocación en tierra del "Pilar" y la aparición mariana a Santiago, 2 de Enero, hasta la festividad del Pilar, 12 de Octubre, comprobaremos que transcurren 10 meses lunares, es decir 42 semanas. Se puede inferir que se refiere al tiempo de gestación humana, y si como en muchas tradiciones este tiempo se cuenta desde la concepción y no desde la última regla, veremos que  median 42 semanas. Así tenemos que el 12 de Octubre se produce el nacimiento. No deja de testificarlo el  vientre de la imagen de la Virgen del Pilar que presenta el volumen de una recien parturienta. 




También podemos tomar un dato que no carece de dimensión significante y es que el tamaño de la imagen de la Virgen del Pilar, certificado por el tamaño de las cintas, es de 36 cm. de altura.  Esta cantidad  es la que corresponde al perímetro del canal del parto. Este es el camino por donde debe transcurrir el nuevo ser para su nacimiento.



 Podemos inferir de esto que María es la que pare a sus hijos espirituales a través de ese “Pilar” que hace las veces de “canal del parto”, para llevarnos a la visión de ese Sol del que está vestida.


        Y para terminar, si todas estas elucubraciones sobre el “segundo nacimiento” las vemos desde mí punto de vista y el de mis antepasados, que como "Vasallos de Santa María"podemos afirmar, como ya hizo Grignon de Montfort, que: «María es el molde viviente de Dios».  María ha formado a Jesucristo, Cabeza de los predestinados. Ella debe por tanto, formar a los Miembros de esta Cabeza que son los verdaderos cristianos.



      "María puede aplicarse con mayor razón que la que tenia San Pablo, las palabras: "Hijos míos, otra vez me causan dolores de parto hasta que Cristo tome forma en ustedes".    Solo en Ella se formo Dios como hombre perfecto, sin faltarle rasgo alguno de su divinidad y solo en Ella se transformo el hombre perfectamente en Dios.   
 
 

         "Los escultores pueden hacer una estatua o busto perfectos de dos formas: Primera. atendiendo a su pericia, a su fuerza, a su ciencia y a la perfección de sus herramientas y trabajos sobre una materia dura; o Segunda. utilizando un molde. El primer procedimiento es largo, difícil y expuestos a muchos tropiezos; un golpe desafortunado del cincel o del martillo, basta con frecuencia para echarlo todo a perder. 




 El segundo método es en cambio, rápido, sencillo, suave, mas económico y menos fatigoso, siempre que el molde sea perfecto y represente con exactitud la figura a reproducir y que la materia utilizada sea maleable y no oponga resistencia a su manejo.  
       María es el molde maravillosos de Dios; quien se arroje en el y se deje moldear, recibirá todos los rasgos de Jesucristo.


Otro asunto que merece apuntarse es que existen varias circunstancias confluyentes en  la fundación de este Pilar el día 2 de Enero que lo hacen extraordinario. Empezaremos recordando que el Pilar se fundó a la orilla del río Ebro por un hebreo.  El termino hebreo eber (רבץ) además de caminar significa cruzar, atravesar, penetrar, analizar. La frase ןדריה רבץ Eber ha Iarden significa «al otro lado del Jordán». Otro significado de Eber es concebir, germinar, embarazar y hebraizar. Este término con una iod final designa al hebreo.
   Para entender estas relaciones es necesario profundizar en la semiología de esta palabra Eber, término que ya Caramuel relacionaba con Iberia y Ebro.  La Historia del Pueblo hebreo empieza con el Patriarca Abraham, porque. es el primero que la Biblia llama: Hebreo; "Abraham, el hebreo" se dice, en el capítulo 14 del Génesis.



 Solo a los descendientes de Abraham, se les llama hebreos. Esta palabra viene del nombre de Eber, que fue, según el texto, antepasado de Abraham.  Eber era descendiente de Shem, uno de los tres hijos de Noé. 
Como hemos dicho, eber o hebreo viene del verbo que significa pasar, atravesar. Según la tradición, los hebreos, y en particular Abraham, son los que han pasado el Jordán, y por esto están "separados" del resto del mundo. El mundo se encuentra a un lado del río y en el otro lado se hallan Abraham y los descendientes de Eber. También son los que atravesaron el Mar Rojo, dejando Egipto para marchar hacia la Tierra Prometida.


En el Evangelio, vemos que Jesús también está más allá del Jordán. De este modo, simbólicamente, los hebreos representan a los santos separados del resto del mundo. Por esto se dice que una cosa es "Santa", porque en lengua hebrea la palabra "Santo" quiere decir "separado" (del verbo kadosh: separar). El Santo es pues, etimológicamente, el que se encuentra separado.
 Como vemos, el hebreo bíblico es proclive a hacer juegos de palabras. Así, la palabra "Eber" no significa sólo "cruzar", sino también "impregnar". Impregnar, literalmente, equivale a introducir fluidos de un cuerpo en otro; pero también "empapar", mojar una superficie porosa hasta que no admita más líquido. Podemos pensar que Eber, es decir, "cruzar las aguas", podría hacer referencia a algo así como la "purificación por las aguas", o al "comienzo de una vida nueva".  Como es bien sabido, eso es lo que simbolizaría el rito del Bautismo. De tal forma que este término que también significa fecundar, hebraizar, no hace referencia aquí de una generación carnal, si no de una generación espiritual, siendo la narración histórica únicamente el soporte de esta enseñanza fundamental de la tradición hebrea.

     
Volviendo al análisis del patronímico EBER, ya hemos dicho que los hebreos eran conocidos como IBRI (ירבץ) literalmente "emigrantes", y es Santiago o segundo Jacob el que da nombre al “Camino de Santiago”. El nombre Jacob (בקעי) contiene el término talón (בקע), hace referencia a que  su hermano Esaú nació primero pero Jacob le siguió asido de su talón. (Gn. 25:22.26).  Esta historia nos sugiere que de alguna manera todo peregrinaje espiritual lo efectuamos con el talón en Tierra pero con la cabeza en el Cielo. Como en otra parte hemos venido relacionando el Pilar con Oriente no nos parecerá una digresión apuntar que la palabra “Tao”, literalmente “Camino”, se dibuja ideográficamente mediante un talón y una cabeza.  Recordemos también que  Dios renombró a Jacob como Israel después que este luchó contra un ángel, quedando como consecuencia de la pelea, la articulación de su muslo luxada. Génesis 32:23-30. Como hemos dicho y vemos el hebreo bíblico es proclive a hacer juegos de palabras, y podemos añadir que la palabra luxarse, dislocarse se escribe עקי, y esta tiene tres letras del nombre Jacob  בקעי, y de alguna manera también despertarse ץקי.



    Una de las hipótesis que  se deben explicar para entender la convergencia de tanta diversidad de símbolos en la Basílica del Pilar es que fue planificada por los Jesuitas y otros religiosos que como Caramuel tenían un interés por las culturas y lenguas extraeuropeas recientemente descubiertas. Estos nuevos pueblos eran bienvenidos y esperados en la Iglesia y por tanto esta Iglesia debería estar preparada para hablar en su lenguaje y con signos que para ellos fueran comprendidos y así mismo familiares. En Europa esta curiosidad por las nuevas culturas era co­mún a los sabios de entonces. Comienzan a surgir proyectos de creación de una lengua escrita universal. El primero de ellos de­bido al jesuita español Pedro Bermudo.   A partir de esta obra,  Juan Caramuel  trabaja durante el año 1656 en la creación de una gramática universal.


A principios de 1657 y en Roma  Juan Caramuel, entabla contactos con los eruditos y sabios re­sidentes en la ciudad. Uno de ellos con el famoso P.  Martino Martini (1614-1661), reemprende el estudio de la lengua china. Este Padre, llegado de China dos años antes. entró en la Compañía de Jesús en 1639, y fue, luego, misionero en China, nombrado superior de la misión de Hangchow.  En 1651 es llamado a Roma para dar cuenta del estado en que se encontraba la situación religiosa y militar en China. Gran conocedor de la geografía e historia chinas, publicó sobre estos temas varios libros.
Caramuel con la ayuda del P. Martini compone una gramática y diccionario de términos de esta lengua, con transcripción fonética al latín y con su significado en por­tugués.


El estudio de la escritura china -escritura ideográfica más que vocálica-, le sugiere la idea de reemprender sus estudios so­bre la formación de una ideografía o lengua escrita universal. Su primera obra sobre el tema, la Steganographia (1635) consti­tuía los primeros buceos en las formas ocultas y universales de comunicación mediante caracteres escritos. Y, en este sentido, era de la opinión de que entre los cabalistas había muchas cosas apro­vechables. Esta es la idea ya expresada en el Brevissimum totius Cabalae Specimen (1643) y que vuelve a señalar ahora en el Cabalae theologicae excidium. Caramuel expone que: «La Cábala no significa, en rea­lidad, otra cosa que «interpretación muy profunda del sentido secreto de la Sagrada Escritura.


     En 1657 publica: Cabalae Grammaticae Specimen. Y también en relación con la lengua he­brea  y con lo que venimos tratando sobre la Basílica del Pilar, cabe reseñar la obra Hebraeus Iberus, obra conservada manuscrita y  firmada en el año 1635. Juan Caramuel busca una lengua universal que permita comunicarse entre los diferentes pueblos y con los ángeles, es decir acceder mediante ella a un conocimiento de las “Ideas”.  


Pilar (dyed) que representa la columna vertebral de Osiris, de la tumba de Nefertari. En la base de la columna se encuentra el "os sacrum", hueso sacro o sagrado. Los antiguos judios afirmaban que le resurrección del cuerpo empezaría específicamente a partir del sacro.


      El Hebraeus Iberus es un curioso opúsculo dividido en tres libros. En el primero expone que el ibero, la vieja lengua hispana, es la lengua prediluviana, compuesta por Adám y hablada por los patriarcas. Lengua preservada de la confusión de Babel y la única que se hablará en el cielo después de la Resurrección. En el segundo «demuestra con evidencia» que el español no se distingue en esencia del hebreo. Las gramáti­cas de ambas lenguas se atienen a las mismas reglas concernientes a las conjuga­ciones, declinaciones, sintaxis, etc. El tercero sostiene que las mismas raíces de los vocablos son comunes a ambas lenguas. Cabe concluir, pues, la identifica­ción de ambas. La lengua hebrea - española (ibera) es la lengua del cielo, la len­gua de los ángeles y de los bienaventurados.




viernes, 9 de septiembre de 2011

Plática Interreligiosa en el Bouddha Kristi Prachar Sangha en Dharmarjika


Plática Interreligiosa en el Bouddha Kristi Prachar Sangha en Dharmarjika (Monasterio Budista)

  (23 de febrero de 2003)



por Vassula Rydén


Vassula Ryden

Es, verdaderamente, un placer dirigirme hoy a ustedes, y estar presente para participar en su reunión interreligiosa anual y deseo expresar mi sincero agradecimiento al Venerable Suddhananda Mahathero y a todo el equipo de la honorable delegación por invitarme a estar entre ustedes. En nombre de los promotores para la paz, la unidad y la reconciliación, los seguidores de la Asociación de la Verdadera Vida en Dios y en el mío propio, deseo transmitir nuestros cálidos saludos y paz sincera a todos ustedes. Hoy, estoy muy conmovida de estar en Bangladesh, porque considero este país como el país donde recibí de Dios una gracia, al poner en mi Su Luz, no sólo para mi beneficio, sino también para el beneficio de otros, y le dio a mi espíritu una nueva vida. Entre ustedes, me siento como en mi casa y me siento bienvenida y amada, sin importar nuestras diferentes raíces, diferentes credos, diferentes aspectos, diferentes mentalidades; yo, aún así, me siento cerca de ustedes. Nuestra reunión, hoy, no debe permanecer sólo entre nosotros, sino que debemos llevar a nuestra propia gente, las riquezas que podemos obtener de una reunión así; enseñanzas basadas en la reconciliación, la tolerancia, la paz y el respeto del uno al otro.
El diálogo interreligioso es un tesoro invaluable.
En Bangladesh

Un diálogo interreligioso es un tesoro invaluable, en sí mismo, porque reúne a varios líderes para descubrir que tenemos muchos puntos comunes espirituales, sobre los cuales podemos construir un diálogo común. En todas las religiones siempre hay una ley sagrada a seguir. Esta ley tiene por objeto conducirnos por el camino recto de la santidad, ya sea una ley Cristiana, Musulmana, Budista, Hindú, Judía o cualquier otra. Pero no se trata solamente de escuchar la ley o leerla, sino que lo importante es guardarla y esto es lo que hará santa a la gente a la Vista de Dios.
Todos oramos a nuestra propia manera, todos ayunamos en nuestra estación para purificar nuestra mente y nuestra alma, haciendo, al mismo tiempo, reparaciones por nuestros pecados. Todos nos purificamos, de la manera en la que hemos sido enseñados, todos meditamos para alcanzas niveles más altos de espiritualidad, de acuerdo a nuestras enseñanzas espirituales. Creemos en la rectitud, en la justicia y en las virtudes. En nuestra religión Cristiana, respetamos la libertad de las personas y la Iglesia rechaza el uso de medios inmorales para ganar conversiones. Por lo tanto, nuestras reuniones deben ser genuinas, con el fin de promover la comprensión y el respeto por las tradiciones religiosas de cada uno y sin denigrarlas. Con esto, obtendremos la reconciliación y la paz.
Algunas veces, no hemos tenido ética y hemos faltado al respeto en nuestro comportamiento hacia los otros, hacia nuestras creencias y tradiciones, sin hablar de reconciliación, sin admitir nuestras fallas, ya sea por temor u orgullo. Quizás de alguna forma, hemos fallado al no levantar nuestra voz frente al liderazgo dictatorial, causa de extrema violencia y sufrimientos en nuestro mundo, ni frente a la pobreza y la injusticia. Para resolver conflictos dentro y fuera de nuestras comunidades, tenemos que educar a nuestra gente e infundir en ellos, una espiritualidad divina basada en el amor y en la paz. Por estas razones, las comunidades están divididas y la división no viene de Dios.

En la Sangha de Bouddha Kristi Prachar

La cuestión de la paz
Todos ustedes están conscientes, ahora que estamos aquí reunidos, que la cuestión de la paz se ha vuelto vital en nuestro mundo y nunca ha sido tan aguda, como en nuestros días. Estamos aquí en búsqueda de soluciones para la paz en el mundo, pero para defender y promover valores morales, justicia social, libertad y paz, tendremos que, no sólo continuar estos diálogos con sinceridad, sino también tomar sobre nosotros, como un deber, el enseñar y educar igualmente a nuestra gente lo que estamos compartiendo juntos. Nuestra gente, si lo decimos con otras palabras, tiene que ser predicada. En Nuestras Escrituras dice: "Todo el lote de pan será santo, si el primer puño de masa es santo". Esto significa que es suficiente que una persona se convierta a la santidad, para traer a toda la nación a la santidad.
Todos se han de haber dado cuenta de que el mundo se ha vuelto más violento y cruel y de que tenemos más desastres naturales. Si el mundo es perseguido por desastres es a causa de su maldad. El mundo atrae sobre sí mismo todos estos males, porque la gente no tiene lugar para Dios, ni lugar para la oración y la contemplación, lo que los puede llevar de la Oscuridad a la Luz. El mundo está tan ocupado con la tecnología, el materialismo y todo lo que no es espiritual, que olvida sus valores reales. En nuestra fe Cristiana, creemos que para hacer el bien debemos llenar nuestra alma con el Espíritu de Dios, Quien da la Luz, pero si no llevamos esta Luz como una Lámpara dentro de nosotros, entonces, estaremos llenos de oscuridad y continuaremos caminando en las sombras de la muerte.
La tecnología y el materialismo jamás satisfarán los anhelos del hombre por la verdad y la comunión. Siempre habrá un vacío dentro del alma y siempre estará en la búsqueda, para llenar ese vacío, dirigiéndose hacia cosas equivocadas. Este es nuestro deber, llenar este vacío con las cosas correctas: los valores espirituales, empezando por la oración y las buenas obras.
El poder de la oración
Por consiguiente, la oración es importante, porque a través de la oración se nos da la luz necesaria para caminar en el camino de las virtudes, haciéndonos capaces, no solamente de ser transformados y renovados nosotros mismos, sino también haciéndonos apóstoles para salir y renovar al mundo y llevar fragancia de nación en nación, trayéndolos a todos a vivir en la paz.
No permitan que nadie los engañe de que la oración no es un arma poderosa. La oración y la meditación son un poder colosal, en sí mismos, especialmente cuando la oración es dicha con un corazón contrito y con sinceridad. A través de la oración, podemos transfigurar, en un jardín, corazones que están secos como un desierto, y hacer que fluyan fuentes de ellos. Podemos cambiar nuestros corazones para convertirlos en un paraíso, tan transparente y tan puro, que podrá asemejar una corona de esplendor. Entre más puro es el corazón, más poderosa se vuelve la oración, así que permitamos que nuestras oraciones sean como incienso perfumado que llene con su fragancia el universo, dejemos que llegue al Cielo. Hagamos un Edén en la Tierra. Entonces, cuando sus corazones estén purificados, cualquiera que sea su Dios, Él escuchará sus súplicas. Así que aprendamos a estar en un estado permanente de oración.
La importancia de mantener la paz
El origen de cualquier tipo de conflicto está, generalmente, en nuestro corazón y algunas veces muy bien arraigado. Nuestro corazón es como el espejo de nuestra alma. Refleja sobre nosotros lo que tenemos dentro de él. Si tenemos guerra en nuestro corazón, la guerra se exterioriza y se vuelve física. Jesús nos dijo lo siguiente: "Las palabras de un hombre salen de lo que está lleno su corazón. Un hombre bueno saca cosas buenas de sus provisiones de bondad; un hombre malo saca cosas malas de sus provisiones de maldad." ( Mt 12,34-35)
Cuando alguien no está en paz con su Dios y consigo mismo, ¿cómo podrá tener paz con su prójimo? Todos estamos cansados de estas guerras, del derramamiento de sangre cada día, del odio, porque va contra la naturaleza y la ley cósmica del Amor, es contra los Mandamientos que hemos recibido.
Todas las religiones tienen un importante papel que jugar para mantener la paz y la reconciliación. Porque el fruto de la paz será la reconciliación, y el fruto de la reconciliación es el amor y la aceptación de los unos a los otros. El amor es considerado como la virtud madre, la principal virtud que da a luz a todas las otras virtudes. Se ha dicho que en el Día del Juicio, todos seremos juzgados de acuerdo a la medida del amor que tuvimos aquí en la Tierra. Esto es: amarnos los unos a los otros, porque tener fe, solamente, no es suficiente.
Buenas obras
Por lo tanto, las buenas obras son necesarias para probar nuestra fe. Si hay alguien, quien nunca ha hecho una sola buena acción, pero afirma que tiene fe y sigue respetuosamente su religión, orando en las horas correctas, ¿esa fe lo salvará? Si los necesitados no tienen ropa o suficientes alimentos para subsistir y uno les dice a ellos: "Yo te deseo lo mejor, que te conserves caliente y que comas bastante", sin darle las necesidades básicas para vivir, entonces, ¿qué bien es ese? La fe es como eso: si las buenas obras no la acompañan, la fe está muerta. Demuestren sus creencias con sus buenas obras. Estas buenas obras pueden también ser llamadas "actos de amor".
Jesús nos dijo estas Palabras: "Ustedes son la sal de la Tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿qué le puede dar de nuevo su sabor? Es buena para nada y sólo puede ser arrojada para ser pisada por los hombres. Ustedes son la luz del mundo. Nadie enciende una lámpara para ponerla bajo la cama; la ponen sobre un candelero donde ésta brille para todos en la casa. De la misma manera, su luz debe brillar a la vista de los hombres, para que viendo sus buenas obras, ellos puedan alabar a su Padre en los Cielos". (Mt 5,13-16)
Nunca permitan que nada los desaliente si la paz no llega de inmediato, por qué ¿alguna vez han oído que un país nació en un día? Como la Tierra hace que crezcan cosas frescas, como un jardín hace que las semillas germinen, así nuestro Creador hará que ambas, la integridad y la paz, nazcan a la vista de todas las naciones, cuando nuestras oraciones sean escuchadas.

Vassula y Conchita

Como Cristiana, creo que nuestro Creador nos creó a todos por Su Amor Sublime, para que podamos regresar este amor y vivir santamente, como Él es Santo. Todos somos iguales ante los Ojos de Dios. San Pablo dice que no hay judío ni griego, esclavo u hombre libre, hombre o mujer. Todos, a los Ojos de Dios, son uno. Quienes tienen diferentes religiones, son igualmente criaturas hechas a la Imagen de Dios y destinadas, finalmente, a vivir en la casa de Dios. A aquel que se le ha dado poco, poco se le pedirá. A aquel a quien se le ha dado mucho, mucho se le pedirá.
Y como uno de nuestros Obispos Griegos nos dijo, en Egipto en una peregrinación interreligiosa que tuvimos, tomaré sus palabras y las citaré: "...Mientras nos reunimos hoy bajo el mismo techo, sin hacer diferencias entre los Cristianos, los no Cristianos o miembros de otras religiones. Desde hoy, anunciaremos al mundo entero que los hombres pueden vivir en reconciliación, mientras aprendan a amar primero a su Dios, quienquiera que éste sea, cualquiera que su nombre sea y entonces, estoy seguro que el amor por el prójimo surjirá también.
Comuniquen nuestros saludos, nuestras bendiciones y nuestro amor a los líderes de sus Iglesias, a los líderes de sus religiones, a sus gentes, a sus comunidades, a sus pueblos, a sus aldeas, a sus ciudades, a sus países. ¡Díganles que nosotros oramos por la paz y el año próximo, espero tenerlos cerca y que las sonrisas sean grandes! ¡Para revelar el mensaje de que ya no hay más guerra, que ningún hombre es asesinado, que ya no hay más derramamiento injusto de sangre de nuestros hermanos en la Tierra!".
Terminaré mi plática dándoles un pequeño ejemplo de un árbol. Todas las ramas de un árbol son santas, si la raíz es santa. Sin duda, algunas ramas han sido cortadas y como retoños de olivo silvestre, ustedes han sido injertados para compartir la rica savia proporcionada por el árbol de olivo mismo, pero aún, incluso si piensan que ustedes son superiores a las otras ramas, recuerden que ustedes no sostienen la raíz, sino que es la raíz la que los sostiene a ustedes.
Una vez más, agradezco al Venerable Suddhananda Mahathero por su bondad y por la obra que está realizando para promover estos diálogos interreligiosos para la paz del mundo. Sinceramente espero que llegará el día en que, a través de nuestros esfuerzos, lograremos la paz que todos estamos buscando y que podremos decirnos, sinceramente el uno al otro: "hermano mío y hermana mía".
Vassula Rydén

viernes, 10 de junio de 2011

La Semilla y la Cizaña


En estos momentos en el que el campo de las ideas está confusamente mezclada el grano nutritivo con el   venenosa cizaña.  La similaridad entre estas dos plantas es tan grande, que en algunas regiones la cizaña suele denominarse "falso trigo". 


Tage Lindbom

Para intentar discriminar estas especies vegetales y mentales es propicio hacer una incursión en la obra de Tage Lindbom. Este autor nació en Suecia en el año 1909,  estudió en la universidad de Estocolmo, donde se hizo doctor en Filosofía.  En sus años universitarios se  adherió a los ideales socialistas y, en el curso de sus estudios, profundizó cada vez más su conocimiento del marxismo. El partido socialdemócrata en el poder confió a este joven doctor, brillantemente dotado, la dirección de su biblioteca y de sus archivos centrales en su sede de  Estocolmo, donde, hasta 1965, trabajó codo con codo con los promotores del Estado-providencia. En un principio defendió e ilustró con convencida pluma los ideales socialistas. Pero, hombre de reflexión, comenzó a ser cautivado por dudas que se fueron precisando en el curso de los años.
 En 1959, cuando había terminado la redacción de su obra "Los molinos de viento de Sancho Panza" (Sancho Panzas vüderkvarnar), denunciaba las ilusiones ideológicas en las que había dejado de creer, su atención fue atraída por un libro titulado La dimensión olvidada (Den gllimda dimensionen), del escritor sueco Kurt Almqvist. Al fin encuentra ahí la buscada puerta al conocimiento metafísico, el único capaz de responder plenamente a las cuestiones fundamentales que se había planteado.   Lindbom se sentía cada vez más extraño en el medio en el que continuaba su actividad profesional. En 1965 saca la conclusión lógica de ello dimitiendo de su cargo directivo de la biblioteca socialista.


Cizaña

Se dedicó entonces a escribir y la primera obra de la nueva maduración de su pensamiento fue Entre cielo y tierra (Mellan himmel hoch jord), publicada en 1970, verdadero ajuste de cuentas con el mundo ilusorio y materialista del socialismo. Cuatro años después aparecería el libro, del que he extraido el capítulo que adjunto, Agnarna och Veter, que corresponde a la expresión bíblica La semilla y la cizaña, sugiere que la hora del término del plazo se aproxima temiblemente para el hombre secularizado, cada vez más cegado por el oscurecimiento espiritual e incapaz de distinguir el bien del mal, la verdad del error. Analizando con penetración los diversos aspectos de la confusión modernista, el autor denuncia vigorosamente las ilusiones progresistas que envenenan la mentalidad con­temporánea y pone en guardia contra el peligro que nos hacen correr a todos, el del caos generalizado.


Trigo

 En estos tiempos en que sufrimos un Estado con todo su poder, es decir con un gran despliegue de medidas, políticas, jurídicas, administrativas y policiales, además de un sistema escolar bajo la guía y el control del Estado.
El antiguo y democrático sueño de un orden humano, donde la libertad y la igualdad convivieran armónicamente, hace mucho tiempo que pasó. En esta rivalidad vence irremisiblemente la igualdad, pues lo igual puede siempre realizarse y controlarse desde el puesto central de mando. Lo igual es una cantidad que puede verificarse estadísticamente. La libertad es, por el contrario, una cualidad. En su fragilidad está unida solamente con el individuo singular. Por tanto, a cada instante puede destruirse.

Tage Lindbon nos muestra que el "Reino del hombre" desemboca en este absolutismo en el que la secularización continua vuelve así cada vez más difusa la imagen en el espejo. La luz que brilla en las tinieblas, de la que habla san Juan, no  tiene en nuestra época una luminosidad evidente y su resplandor se vuelve cada vez más opaco en la secularización progresiva.



Otras obras del mismo autor:
Los molinos de viento de Sancho Panza (Sancho Panzas vaderkvarnar).
Entre Cielo y Tierra (Mellan himmel hoch hord), 1970.
La semilla y la cizaña (Agnarna och Veter), 1974.
The Myth of Democracy, Grand Rapids, MI, William B. Erdmans Publishers Co., 1996.


Jesús bendiciendo a los niños de Wiliam Blake

 SER COMO NIÑOS


El Reino del hombre se basa en la creencia de que el ser humano debe desarrollarse racional y emocionalmente hasta un grado tal de elevación en que el mundo entero le esté sumiso. A esta creencia se alía la idea de que las necesidades de los hombres, en principio inagotables, pueden ser satisfechas gracias a un «progreso» continuo, a un «desarrollo» de abajo hacia arriba. Según los profetas de la secularización, ese «progreso» no solamente es material, sino que, como la sombra sigue al cuerpo, las necesida des espirituales acompañan a las de la carne y serán igualmente saciadas.
La expansión de tales ideas está marcada por el orgullo ideológico. El mismo orgullo que conduce a cegueras como ésta: los hijos de la secularización no ven que lo que llaman «progreso» y «desarrollo» no es otra cosa que la inestabilidad que a su vez es una expresión de la imperfección existencial. Han olvidado que la perfección, lo absoluto y lo eterno inmutable pertenecen a Dios -y la inestabilidad al mundo-. La capacidad de cambio, tan apreciada en el mundo moderno, en realidad lleva en sí la marca de la imperfección, que precisamente reside en todo lo sometido a cambio.
Aunque bien pueda objetarse a los partidarios de la religión que exaltan en el hombre lo simplista y lo espiritualmente pobre, ¿en qué consiste, pues, la «pobreza de espíritu»? Se la puede en tender de dos maneras. Existe una indigencia espiritual que la erudición más vasta no llega a compensar. Es una «enfermedad de carencia» que, a pesar de todas las realizaciones médico-sociales del sistema, pasa generalmente desapercibida, aunque en verdad, no la debemos considerar como incurable. Sin embargo la pobreza espiritual debe enfocarse en su sentido más profundo: es humilde sumisión a una espiritualidad que no forma parte de nuestras facultades mentales, sino que viene de lo alto. La pobreza no debe en este caso considerarse como una falta o una indigencia. Es una actitud de virtud que expresa la dependencia total del que recibe, así como su reconocimiento por lo que le es concedido.
Por eso se ha dicho: «Bienaventurados los pobres de espíritu.» No hay ningún elogio a la indigencia ni a la ignorancia, ni a la tendencia a automartirizarse psíquicamente. La pobreza de espíritu es la fuente de la riqueza ofrecida al hombre que se desembaraza de los obstáculos mentales que son la presunción y el orgullo. Está en las antípodas de este último y por eso ocupa en toda vida espiritual una tal eminencia entre las virtudes. Jesús no la mencionó por casualidad al iniciar el Sermón de la Montaña.
Sin embargo existe la tentación de interpretarlo como una dispensa de esfuerzos espirituales. De la misma forma que el mundo secularizado implica dos potencias opuestas, por una parte una fe exagerada en la razón y sus frutos, principalmente la ciencia, y por otra una inclinación del hombre codicioso a satisfacer sus necesidades vegetativas, existen también en la tradición espiritual dos elementos aparentemente contradictorios. Por una parte tenemos una exigente tendencia hacia la madurez para poder comprender la expresión de la verdad y vivir de conformidad con ella. Por otra, debemos ser «como niños».
El procesó de maduración, biológico en los reinos vegetal y animal, mental en la especie humana, siempre ha incitado a considerar con exagerada fe las posibilidades «naturales» de desarrollo. La humanidad ha construido ya muchas torres de Babel y ninguna confusión de lenguas ha podido impedir a las nuevas generaciones empezar de nuevo. Lo que ha sido más sorprendente en la Revolución francesa, señala Alexis de Tocqueville, es la credulidad en relación con las posibilidades de desarrollo del hombre. Estos extravíos recurrentes no testimonian otra cosa que el carácter falaz del sueño sobre la soberanía y la «autorregulación» humanas. La maduración biológica y mental es una parte del orden creado, pero nada mas que una parte. Porque ésta descansa en el equilibrio de fuerzas de la existencia cuyo cometido es remitirnos constantemente al orden en nuestra presuntuosa sobrevaloración de nosotros mismos. La obra creada por Dios es un orden cuyo primer precepto implica que «el árbol no crece hasta el cielo», que nuestra posición dominante sobre la tierra está limitada, tanto en el tiempo como en el espacio, a nuestra misión de gerencia.
El proceso de madurez que conduce al hombre hasta el punto en el que pueda asumir responsabilidad propia y de sus actos es un aspecto indispensable de nuestra situación sobre la tierra. Cuando es puesto en cuestión, como, por ejemplo, cuando la actual propaganda igualitaria dirige hasta formas de vida social infantil o simbiótica que, deliberadamente o no, le comprometen, se provoca un desajuste del equilibrio cósmico --con catastróficas consecuencias si no se evita a tiempo-. Pero de ninguna forma está en contradicción con los consejos evangélicos que nos incitan a recibir la verdad «como niños», en la simplicidad de nuestros corazones.
La parábola del grano de mostaza contiene un precepto universal. La «más pequeña de todas las semillas» simboliza el microcosmos, pero debe crecer hasta convertirse en un árbol a cuyas ramas vengan a anidar los pájaros. Este árbol cósmico, pues, se hace lo suficientemente grande como para acoger los mensajes más elevados. Jesús quiso enseñarnos con esa comparación de qué manera debe comprenderse la madurez en su significado universal. Sin embargo, ¿no existe la tentación de creer que el ser humano, a la manera del grano de mostaza, puede crecer hasta convertirse en un árbol imponente que, por su propio vigor, alcance la verdad celeste? ¿No será la realización espiritual lo mismo que la «autorregulación» humana? El mismo Jesús da la respuesta cuando sus discípulos se acercan y preguntan: «¿Quién es el más grande en el reino de los cielos? » Llama a un niño, le coloca entre ellos y dice: «Si no os convertís hasta llegar a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos.»
Es a un hombre adulto a quien Jesús dirige estas palabras. Y quiso evitar la tentación que pudiese tener de sobrestimar sus fuerzas y de darles una falsa orientación, como hace la teología existencialista con su "man of age". No es una incitación enviada por Jesús a convertirse en infantil o a desarmar el estado adulto.
No es un abandono inerte hasta el estado de la infancia prepúber -en nombre de la igualdad «fraternal»-. Tampoco se trata de la regresión pedagógica de Rousseau, actitud sordamente hostil
  al mundo de los adultos. Porque Jesús no dice: convertiros en niños. Dice: «Aquel que se humilla de manera que llegue a ser como este niño, es el más grande en el Reino de los Cielos.» Es en ese «como» donde nos indica la dirección de nuestro esfuerzo.
Jesús contesta a la pregunta de sus discípulos poniendo a un niño pequeño como modelo. Esta respuesta contiene múltiples aspectos. En el niño observamos debilidad e incapacidad. También vemos en él franqueza inocente y confiada esperanza. Ahí es don de el niño constituye un modelo. Al mismo tiempo representa el nuevo nacimiento, la creación siempre renovada, el retorno cíclico. Lo que siempre nos conmueve en el niño pequeño débil e incapaz que solicita la indulgencia y el amor, es la pureza paradisíaca original, la inocencia. En esa primordialidad también percibimos la totalidad cósmica, al mismo tiempo que el recuerdo de nuestro envejecimiento y la necesidad de «volver a ser niños» cuando nuestra vida se acerca a su fin.
Lo que no quiere decir que el reino de Dios deba ser proclamado sólo para hombres que hayan alcanzado un cierto grado de madurez. La capacidad de recibir las palabras de la verdad divina no está, desde luego, determinada por el volumen cerebral. Donde las palabras de verdad penetran y donde se comprenden, es en el corazón, porque ahí es donde reside el espíritu inmortal. Por eso el niño pequeño es tan «maduro» como el adulto para el reino de Dios.         .
Aquel que se humilla será el más grande en el Reino de los Cielos, tal es la respuesta de Jesús. Apunta así, sobre todo, contra el orgullo espiritual, primero de todos los pecados mortales, que cierra inexorablemente las puertas del cielo. Y para reforzar su intención, añade: «Y aquel que escandaliza a uno de esos pequeños que creen mí, más le valiera que se le atase una muela de molino al cuello y se le arrojara al mar.» Porque si es necesario guiar nuestras vidas hasta convertirnos en seres juiciosos y responsables, otro tanto puede decirse de mantener lo que en nosotros hay de inocente y puro al ejemplo del niño. La obra del mal consiste en reducir y en destruir, y no podemos impedirlo. El mundo no es un paraíso; es una imperfección donde el mal tiene su lugar. «Es preciso que llegue el escándalo», dice Jesús, «pero ¡ay de aquel por quien el escándalo llegue!».
Nuestro deber es crecer y convertirnos en hombres maduros, responsables y razonables. Debemos servirnos de nuestra razón y, según nuestra capacidad, ampliar nuestro saber. Pero este cometido no debe ocultar la vista del modelo que el niño, en su inocencia, constituye. Justamente en él encontramos a la creación en su totalidad: desde el punto de vista microcósmico es el grano de mostaza que debe abrirse camino hasta llegar a ser un árbol majestuoso, cósmicamente es una expresión del proceso de creación continua y, en fin, en el plano metacósmico, representa la misericordia divina que dispensa sin solución de continuidad la nueva vida. Podemos entonces comprender verdaderamente que estas palabras del Hijo del hombre nos conciernen a todos: «Dejad a los niños venir a mí, no se lo impidáis; porque el Reino de Dios es de los que se parecen a ellos.»