sábado, 26 de febrero de 2011

Sigmund Freud y la Odontología

En los últimos tiempos se han investigado las enfermedades de distintos personajes históricos  relevantes.  Así se han reconocido distintas patologías que  causaron un enorme sufrimien­to en distintos personajes históricos. Así se ha estudiado, por ejemplo, la enfermedad de Paganini (síndrome de Marfan), Renoir o Rubens (artri­tis reumatoidea), Chopin (tubercu­losis), Van Gogh (esquizofrenia) o Lord Byron (epilepsia). De la mis­ma forma, la Asociación Americana de Cirugía Oral y Maxilofacial  propuso la investigación de la historia clínica de Sigmund Freud, puesto que  fue determinante en vida y obra que padeciera un cáncer oral.


Sigismund Schlomo Freud nació el 23 de septiembre de 1856 en Pri­bor, una ciudad que en ese tiempo pertenecía al Imperio Austríaco, y que ahora forma parte de la Repú­blica Checa. Era el mayor de seis hermanos, producto del segundo matrimonio de su padre, Jacob, un trabajador muy humilde de la industria de la lana. Su padre, a pesar de su austeridad, intentó dar una educación académica a todos sus hijos.  Con determinación inscrbió a Sigmund en la Facultad de Medicina de la Universi­dad de Viena cuando contaba con 17 años de edad.  No es necesario decir que él creció y se educó en un ambiente familiar  impregnado de la religión judía.  A pesar de estos orígenes, hay indicios que  indican su renuncia a la tradición de sus antepasados, durante el transcurso de su carrera universitaria. De hecho, en todos los documentos oficiales elimina el nombre Schlomo (Salomón) y, por otra parte, destruye todos sus do­cumentos personales en dos oca­siones, en 1885 y en 1907. .  En este tiempo se  declara profundamente ateo.


 A lo largo de su carrera, que culmi­nó especializándose en Neurología, huyó de la explicación "orgánica" de las enfermedades y se orienta­ba en la explicación del papel que jugaba la mente en numerosas do­lencias. Ello era debido, en parte, a la influencia que sobre él tuvieron dos de sus grandes maestros: Jean ­Martin Charcot  y Josef Breuer.  A partir de ahí conceptos como inconsciente, yo, ello, superyo, com­plejo de Edipo, etapa fálica, teoría de la mente o interpretación de los sueños son algunos de los que desarrolló a lo largo de su vida, que supusieron una verdadera convulsión en su época y que han tenido una gran influencia en la psicología y psiquiatría contemporánea.
 

Siempre se trató de una per­sona muy culta, lectora de to­dos los autores clásicos, gran conversador y tertuliano y pro­lífico escritor.     Su influencia en determinados aspectos del arte ha sido im­portante. De hecho, personajes como Alfred Hitchcock, Luis Bu­ñuel, André Breton o Salvador Dalí reconocen la importancia de Sigmund Freud en su vida perso­nal o en su obra.

Está claro que sus teorías, tan­to en su tiempo como en la época, actual, han dividido a la comuni­dad científica. Por un lado, sus admiradores defienden la expli­cación de numerosas entidades y del supuesto éxito del tratamiento freu­diano en las mismas. Sin embar­go, sus detractores concentran sus críticas en la falta de rigor científico, en la obsesiva expli­cación de distintos cuadros a través de alteraciones mentales -la parálisis cerebral neonatal la entendió como un efecto de dis­tintas vivencias del feto- y en el hallazgo de numerosos estudios "fraudulentos" -como el escán­dalo del tratamiento de un noble ruso llamado Sergei Pankejeff denominado "el hombre de los lobos"-.



 Enfermedad estomatológica

En cuanto a la enfermedad de la cavidad oral de la que fue víc­tima Sigmund Freud, las prime­ras noticias datan del año 1917 -cuando él contaba con 61 años-, al notar el propio paciente una lesión inflamatoria y muy doloro­sa en el paladar. Él era un fuma­dor empedernido de cigarros pu­ros. Su marca preferida era Don Pedro. En la gran mayoría de sus retratos aparece en compañía de su puro encedido. De hecho en 1899, a la  edad de 33 años  aparece un problema cardiaco,  presumiblemen una angina o una arritmia.  Su médico internista, Wilhem Fleiss, le aconsejó reducir o eliminar el tabaco, vicio que en diferentes documentos lo calificaba como  "mi pecado".   En esta época  la respuesta a este consejo, reflejada en distintas biografías,  era: "Yo no voy a obedecer tu prohibición de fumar, ya que no sé realmente si sería  de provecho, Por otra parte mi vida sería muy miserable. Sin el tabaco no hubiera podido trabajar tan duro como lo he hecho. 


Curiosamente, la aparición de esa lesión oral en el año 1917 co­incidía con una época en la que él abandonó el hábito de fumar obligado por las restricciones que ocasionaba la Primera Gue­rra Mundial. De hecho, Sigmund Freud pensó que la causa de esta primera lesión, cómo no, era de índole psicológica de tal mane­ra que, según nuestro paciente, ésta desaparece al comenzar a fumar de nuevo. Es de suponer que la lesión permaneció "esta­ble" hasta febrero de 1923 donde comenzaron las molestias que anunciaban la ulcera­ción de la misma.
Tardó dos meses en pedir ayuda a Maxim Steiner, dermatólogo y amigo, y Felix Deutch, su médico de familia y también amigo. Él le dijo a Deutch "prepárate para ver algo que no te va a gustar". Ambos doctores llegaron al diag­nóstico clínico de cáncer avan­zado que se localizaba el paladar derecho. Pero ellos temieron, ante la aparición de ciertas tendencias suicidas de Freud, con­firmarle el diagnóstico y le anun­ciaron que sólo se trataba "de un mal caso de leucoplasia -lesión premaligna de la cavidad oral­ que requería una extirpación y una biopsia". Por contra, él se sintió traicionado por Deutch al no confesarle la verdad y evitó su contacto durante meses.

EN MANOS DE HAJEK
Por iniciativa propia, decidió pe­dir opinión al profesor de Laringo­logía de la Universidad de Viena Markus Hajek. Aquí empieza un capítulo desastroso en el trata­miento del cáncer oral de Freud. A pesar de la reputación que te­nía Hajek como el mejor otorri­nolaringólogo de Viena, Freud confiesa en la biografía de Ernest Jones -su biógrafo oficial- que aquél le producía un sentimiento contradictorio, puesto que no le gustaba el trato que dispensaba a sus pacientes. Con respecto a la preparación de Hajek, otro mé­dico y amigo de Freud, M. Schur, en la obra Freud: vida y muerte, afirmaba que "se trataba de un cirujano mediocre y no estaba cualificado para operar un carci­noma que necesitaba de una re­sección de maxilar superior". De hecho, el ascenso de Hajek en su vida profesional estuvo motivado por una serie de influencias que propiciaron su progresión y la eli­minación sistemática de todos los posibles competidores.



El hecho es que el 20 de abril de 1923, Deutch acompañó a Freud a la clínica privada ambu­latoria dirigida por Hajek para extirparle la lesión e inmediata­mente darle el alta hospitalaria. El análisis de la documentación permite conocer que la resección fue incompleta y que durante la intervención se produjo una he­morragia importante. Esta inter­vención fue realizada únicamen­te con anestesia local.
Desafortunadamente el hos­pital se encontraba lleno y, ante las vicisitudes acaecidas en el quirófano, se dejó a Freud en una habitación que tenía dos ca­millas con objeto de pasar la no­che. Esa habitación fue compar­tida con un paciente enano, sor­domudo y con un déficit mental importante. Sin embargo, este camarada fue el que le salvó la vida aquella noche. Durante la misma, parece que Freud sufrió una terrible hemorragia y fue su compañero, también interveni­do, el que fue buscando por todo el sanatorio a alguien que le pu­diera prestar ayuda. Localizó en una planta a una enfermera, la cual consiguió taponar la cavi­dad oral de Freud y así combatir la hemorragia. Hay pruebas que confirman que se avisó e informó a Markus Hajek del curso clíni­co del paciente y que él rehusó trasladarse a la clínica para ha­cerse cargo de su tratamiento.
Freud no hizo ningún comen­tario de esta intervención a na­die de su familia y fue su hija Anna quien se personó en la clínica a la mañana siguiente y encontró a su padre senta­do en una silla, aturdido y con toda (a ropa manchada de san­gre. Anna pidió explicaciones a Hajek y aunque él le recomen­dó el traslado al domicilio, ella se negó y pasaron otra noche en esa clínica.
El diagnóstico histológico fue el de "carcinoma de cé­lulas escamosas" y a partir de ahí Freud se refirió a ella como "mi querida neoplasia". Fue Hajek quien recomendó com­plementar el tratamiento con radioterapia, la cual fue apli­cada y dirigida por el profesor Guido Holzknecht. La radiote­rapia se realizó mediante la colocación, en la cavidad oral de Freud, de cápsulas de radio. Esta radioterapia interfirió con el proceso de cicatrización y le produjo un intenso dolor y un enorme trismus (incapacidad para abrir la boca). Ante la ex­periencia que había tenido con Hajek y la constatación de que aún presentaba lesión dentro de la cavidad oral, Deutch hizo que Freud fuera visto por otro cirujano, Hans Pichler.



Pichler era una persona muy bien formada. Realizó sus es­tudios en Viena y Praga y se trasladó a Chicago durante una época.  
Este pensó hacer el tratamiento en dos fases. En la primera, realizada el 4 de octubre de 1923, ligó la arte­ria carótida externa derecha y extirpó el ganglio linfático cervical que estaba aumenta­do de tamaño. El informe del anatomopatólogo confirmó que no había enfermedad tumoral en el ganglio linfático. Esta in­tervención se llevó a cabo con anestesia local y una sedación con la ayuda de un medicamen­to denominado Pantopón y el objeto de la misma era que una semana más tarde, el 11 de oc­tubre de 1923, se realizara una resección y extirpación del pa­ladar -la ligadura de la arteria carótida externa ocasionaría menor hemorragia durante esta intervención-. En la misma, y de forma novedosa, se empleó un aparato que hoy se encuentra en cualquier clínica, el bisturí eléctrico o electrobisturí.


Más adelante tuvo una recidiva y se le realizó otra intervención que consistió en una resección importante del maxilar superior y de la mandíbula. El defecto de conti­nuidad o la cavidad que quedó después de la extirpación se rellenó con un taponamiento de gasa y una prótesis deno­minada "obturador" y que pre­tendía separar la cavidad oral de la cavidad nasal. Pichler revisó a Freud a diario para cambiar el taponamiento y el 7 de noviembre de 1923 detectó una úlcera en el área interve­nida. Se trataba, de nuevo, de la aparición del cáncer que se confirmó mediante una biop­sia. El 12 de noviembre hizo una extirpación de esa lesión que aumentó la perforación del paladar y la conexión entre las cavidades nasal y oral. Que­dó con un defecto del maxi­lar superior que causó graves problemas para comer, hablar pero, según sus palabras, "so­bre todo para fumar".
Era tal el grado de deses­peración de su equipo médico que le aconsejan una técnica que en aquel tiempo se aconsejaba para aumentar el vigor general y las defensas frente a la enfermedad. Se trataba de la técnica de Steinach, que consistía en la ligadura o sección de los vasos deferentes testiculares. Evidentemente el efecto esperado "rejuvenecimiento” y mejoría del paciente no se produjeron.
El obturador que se colocó en la cavidad oral ocupó un lugar fundamental en el curso clínico de Freud. El lo denominaba como " el monstruo o mal necesario". Siempre le molestó mucho y tuvieron que realizarle muchísimas modificaciones a medida que iba cicatrizando y  cambiando la cavidad que se había producido en la boca. La extracción y colocación del obturador solamente podía ser realizado por su querida hija Anna. Incluso se desplazaron a Berlín para que un famoso dentista de su época, el profesor Schroeder, construyera un nuevo aparato obturador con una mezcla de caucho duro y oro denominado vulcanita.
Durante tres años, hasta 1931, toleró muy bien este aparato, pero comenzó de quejarse de las molestias que  este le producía. En ese tiempo dos buenas amigas suyas Ruth Mack Brunswich  y María Bonaparte se enteraron que un famoso cirujano oral de la Universidad de Harvard, el profesor Varastad Kazanjian, acudiría a una reunión profesional en Berlín. Estas dos personas se acercaron al hotel y rogaron a Kazanjian que atendiera a Freud con objeto de fabricarle una nueva prótesis obturadora. En principio Kazanjian no aceptó el trabajo, pero Brunswich como María Bonaparte contactaron con el padre de Kazanjian –mienbro del Consejo de la Universidad de Harvard- para que convenciera a su hijo de que atendiera Freud. Kazanjian acepto el trabajo y pide hacerlo en la consulta de Píchler, tardando tres semanas en construir la ansiada prótesis por la que cobró 6.000 dólares. Freud, aunque molesto por el dolor, se sentía más a gusto con este tipo de prótesis y se refiere a Kazan­jian como "un mago reservado y tímido con una sonrisa como la de Charlie Chaplin".




RETIRADA A LONDRES
En 1934 aparece una nueva le­sión -no se sabe si era maligna ­que es tratada con radiotera­pia. La misma fue aplicada me­diante una prótesis dental que llevaba radio -material radio­activo-. En 1936 se confirma la aparición de una nueva lesión maligna y es tratada mediante una intervención con anestesia general. Freud afirmó que es­taba "gratamente impresiona­do por este procedimiento".
Ese mismo año llegan los nazis a Viena y, aunque él se declaraba abiertamente ateo, seguía teniendo mucha re­lación con toda la población judía de esta ciudad. Fue en­tonces cuando él se preguntó: "¿Dónde puedo ir yo en mi ac­tual situación de dependen­cia e impotencia física?". Él se sentía muy seguro junto a
Pichler, pero el arresto tem­poral de su hija Anna por los nazis le convenció de que lo mejor era trasladarse. Acep­tó el ofrecimiento de su hijo Ernst, ya afincado en Londres, y el traslado fue planeado y ayudado por María Bonaparte. Su amigo Schur fue quien le acompañó a Londres donde se establecieron en Swiss Cottage -donde está ubicada la casa museo de Freud-.
Pichler encargó el seguimien­to y cuidado de Freud a una serie de cirujanos orales ingle­ses. No obstante, apareció una nueva lesión y fue Pichler quien se trasladó a Londres para rea­lizar una nueva intervención donde, además, recomendó de nuevo radioterapia. El año 1939 fue muy duro para Freud como consecuencia de la mala calidad de vida y los fuertes dolores que sufría. De hecho, está confirmada la utilización de cocaína -terapia que apren­dió de su maestro Breuer- para combatir estos dolores.


Todas las intervenciones fi­nalmente produjeron un défi­cit estético caracterizado por un hundimiento de la hemicara derecha. Pero el hecho que precipitó los acontecimientos fue la perforación y la gangre­na de la piel del lado derecho de la cara. Ello produjo, apar­te del dolor, un olor nausea­bundo en su habitación de tal manera que su perro no quería entrar en la misma e, inclu­so, se instaló una cámara con mosquitero alrededor para evi­tar la molestia que producía la gran cantidad de insectos que acudían.
En una conversación man­tenida con Schur, en 1938, le hizo prometer a éste que no le dejara sufrir al final de su vida y, de hecho, el 22 de sep­tiembre de 1939 le comentó "mi querido Schur, tienes que recordar tu promesa de no abandonarme ni traicionarme cuando mi tiempo se acabe. Actualmente esta tortura no tiene ningún sentido". Schur personalmente administró 200 mg de morfina y,12 horas más tarde, otros 200 mg. Freud evolucionó hacia el coma y murió a las tres del 23 de sep­tiembre de 1939.


Durante estos 16 años de enfermedad Freud sufrió 33 in­tervenciones. Aquí se han des­crito las más importantes. Este relato está basado en las notas taquigráficas de Pichler, tomadas por Florencio Monje.



El editor en el diván de S. Freud de su casa museo de Londres.
  

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