jueves, 19 de mayo de 2011

La Diferencia entre Unidad y Uniformidad


La Diferencia entre Unidad y Uniformidad

                                                                             E.F. SCHUMACHER


E.F. Schumacher nació en Alemania y fue educado en Inglaterra,
donde alcanzó un alto cargo como economista. Desde esta
formación académica impulsó la creación de organismos dedicados
al desarrollo de una tecnología apropiada, de una economía,
en definitiva, con rostro humano.
En la obra del autor de «Lo pequeño es hermoso» se aprecia una
apertura a consideraciones espirituales tradicionales que
fundamentan sus análisis técnicos. Cristiano convencido, quiso
contribuir a erradicar el prejuicio corriente de que el cristianismo
es uno de los orígenes de la actual crisis ecológica. La charla que se
reproduce a continuación aboga por la descentralización socio­económica y lo hace a través de argumentos de orden metafísico
.


Ya que vamos a hablar de descentrali­zación, debemos buscar primero una base metafísica, pues sin base metafísica ningún tema -aparte de las ciencias naturales- tiene significado alguno. Esto quiere decir que, al menos para empezar, deberemos recurrir a conceptos muy amplios. Los tres primeros podemos escri­birlos así: arriba, «unidad», más abajo «di­versidad y multiplicidad» y aún más abajo «uniformidad».
Estamos todos muy familiarizados con los términos que hemos colocado en la posición intermedia. Hallamos una amplia diversi­dad y multiplicidad en la naturaleza, en la sociedad, y en nosotros mismos. Una gran variedad. Cuando merece nuestra aproba­ción, la llamamos generalmente diversidad, y cuando nos parece excesiva la denomina­mos multiplicidad.
Por desgracia, el término de abajo, uni­formidad, lo conocemos demasiado bien porque refleja la tendencia principal del mundo moderno. Es lo que el mundo mo­derno impone a la naturaleza, por ejemplo en el caso de la agricultura con el monocultivo, el agotamiento o la disminución del «caudal genético», etc. En la sociedad, son las organizaciones gigantes, las unidades de producción monstruosas, la producción ma­siva, la estandarización, la mecanización, y, por lo que respecta al hombre, la educación masiva. En efecto, le debo a Ivan Illich la aserción según la cual la producción masiva  de personas, por la educación obligatoria, quedó instituida un siglo antes que la pro­ducción masiva de bienes materiales.
Me gustaría insistir en el hecho de que la unidad  y uniformidad se parecen mucho. Y lo más importante es que deberíamos educar ­nuestros espíritus y nuestros ojos a distinguir  entre unidad y uniformidad. ¿Qué queremos dar a entender por uni­dad?  Si se me permite decirlo, es éste el ni­vel que menos conocemos. La unidad es dificil de alcanzar, es muy difícil de realizar en nosotros mismos. Incluso un santo como Pablo tenía que luchar contra esta falta de unidad en sí mismo. «El bien que deseo, no lo realizo; pero el mal que no deseo, lo realizo, pobre hombre que soy».   A través de mi espíritu sirvo a la ley de Dios; a través de mi cuerpo, sirvo a la ley del pecado.
La unidad tiene pues algo que ver con Dios. La diversidad y la multiplicidad ata­ñen a nuestra Tierra. Y la uniformidad tiene que ver con el infierno. La diferencia, pese a la semejanza de los términos, entre la unidad y la uniformidad, es la máxima dife­rencia posible. Pero como sabemos, y como sabian nuestros antepasados, Satanás es el imitador de Dios. Nuestros esfuerzos deben guirse principalmente a dilucidar cuál es camino que hemos escogido. Porque nuestra condición terrestre, material, en la que reina la multiplicidad, es íntrinsecamente una posición muy  inestable. Inestable, incómoda, tensa, insegura, peligrosa, y muy proclive a la violencia. Y también, en nuestra época, añadiría una situación de inflación. Es un situación de la la que se desea siempre escapar; es la fuente de una especie de angustia existencial. Hay dos modos de componérselas: la ascen­sión hacia Dios o el descenso al infierno. Por lo que se refiere a la ascensión, puede hablarse de vía interior, en cuanto al des­censo, vía exterior; pero no disponemos de tiempo para repasar todos los problemas terminológicos que surgen cuando se abor­dan estas cuestiones. Si la elevación se convierte en imposible a causa de creencias tales como, por ejemplo, la de que el hombre no es más que el producto de una evolución in­consciente (dentro del tipo de afirmaciones que encumbran a Premios Nobel como Jac­ques Monod en «El azar y la necesidad») en este caso, existe castración. Entonces no queda más que una alternativa para salvarse de la angustia existencial, de la multiplici­dad: la uniformidad que es, como decía an­tes, la parodia de la unidad.
Si vamos más lejos, podemos seguir es­tableciendo paralelismos. Asociemos la uni­dad -el nivel de Dios, decíamos- con el concepto de cualidad, o, si lo prefieren, con el de espiritual. Sin duda alguna debemos asociar el nivel de la Tierra con el concepto de cantidad y en un sentido, ciertamente. con lo material. Naturalmente no puede existir una calidad pura, es decir, despojada de toda cantidad, ni espíritu puro sin nada de cuerpo o materia, del mismo modo que no puede existir cantidad sin alguna deter­minación cualitativa ni pura materia sin al­gún contenido espiritual. Está más allá de cualquier manifestación.
 
El último libro de Réné Guénon fue el «Reino de la Cantidad». Como este reino tiende a aumentar, a solidificarse, llegamos a la uniformidad y la vida se convierte en un infierno. En la medida exacta en que nos deshagamos de la cantidad, el reino de la calidad puede ocupar su lugar, y podemos entonces elevarnos hacia la unidad que, co­mo sabernos, recibe también el nombre de «reino de Dios».
A partir de aquí, veamos qué podemos dilucidar con respecto a las estructuras v ala relación centralización-descentralización. No puede haber nada manifiesto, que exis­ta sobre la tierra, sin estructura: porque cualquier cosa debe tener una constitución material, Y cuanto más materializada es, más estructurada debe ser. Estoy hablando del nivel físico. Cuanto más inmaterial es, menos necesidad tiene de estructura.
La centralización supone una simplifica­ción de la estructura, una reducción del nú­mero de centros, siendo el punto extremo una estructura monolítica. ¿Va a conducir­nos la centralización a las esferas superiores, al cumplimiento de destino humano, o nos precipitará al infierno? ¿Nos llevará a la unidad o a la uniformidad?
Paralelamente, y por lo que se refiere a la descentralización, ¿qué es lo que está des­centralizado? y este proceso, este esfuerzo por descentralizar, ¿nos llevará a la unidad o hacia su contrario, quizás incluso a la uni­formidad? ¿Cómo decidiremos si esto nos conducirá hacia abajo o hacia arriba? Esta es la cuestión crucial. ¿Qué hay descentraliza­do v qué hay centralizado? Es lo que debe­mos averiguar en primer lugar, porque hay una escala desde lo puramente material has­ta lo puramente inmaterial, y cuanto más alto es el nivel material, más extenso es espacio que ocupa lo cuantitativo. Cuanto más alto es el nivel inmaterial, es más débil el peso de la cantidad. Y, en el último grado, la cantidad no aparece ya en absoluto porque las cosas inmateriales no son cuantitativas.
Por ejemplo, cuando se trata de producir de manipular objetos, de trabajar en condiciones físicas determinadas, en este caso cantidad cuenta. Se convierte incluso en un dato de máxima importancia: ¿con cuántas personas puedo trabajar? Este número muy limitado (...) Si somos dos hay una relación. Si somos tres personas hay tres relaciones si somos cuatro hay seis; si diez, cuarenta y cinco; si somos doce, sesenta seis. Es muy probable que Jesús pensara que este número era suficiente y que era lo máximo que podía dominar. Cuando hay cien personas, existen 4.950 relaciones bilaterales. ¿Quién es capaz de abarcarlas en su cabeza? Esta es la razón por la que la mayoria de las personas no tratan con personas sino con números. Si nos movemos en el ámbito material físico, la cantidad reina absolutamente. Si la cantidad es excesiva, nos asfixia. En otras palabras -y eso todos los sociólogos lo saben- los «grupos primarios de trabajo» deben ser pequeños y existe consenso general para afirmar que Jesús tenía razón: una docena de personas es el máximo número al que podemos hacer frente.

¡No existen límites para el conocimiento del espíritu!
Pero cuando pasamos a considerar cosas más inmateriales como las ideas y las normas, la cantidad naturalmente no entra en cuenta. Y la cantidad no puede entonces ahogarnos. No deshumanizamos una idea si ésta es comunicada a toda la humanidad.
¿Cuántos centros necesitamos? En último grado, en la cúspide, no hay más que un centro, inmaterial, que es el divino. Pode­mos decir que en el trabajo, las cifras eleva­das, las grandes cantidades, tienden inevi­tablemente hacia la uniformidad. Aquí nos hace falta la descentralización. Pero la gran­deza, la universalidad, el impacto mundial de las ideas -en la medida en que estas ideas sean buenas- pueden conducir a la unidad.,Si son deletéreas, pueden también probablemente conducir a la uniformidad.
  
Pero sobre esto se debería todavía profundi­zar más.
En el ámbito material, bastante es bas­tante,  existen límites para el crecimiento. Pero en el ámbito de las ideas, de lo inmate­rial, del corazón y del espíritu, este mismo concepto de «bastante» es inaplicable, por­que es puramente cuantitativo. Y no exis­ten límites para el desarrollo espiritual.
Pensar en poner límites al crecimiento del espíritu no tiene ningún sentido. Así pues, aquí reside el problema de la centralización y la descentralización: ¿dónde necesitamos varios centros y dónde ninguno? Creo haber demostrado que ello debe decidirse a partir de una escala que va de la materia bruta al más alto grado espiritual.
Cada uno de nosotros tiene necesidad de ocuparse de lo suyo, es más, de ser su propio centro; el poder de hacer debe estar des­centralizado y, al mismo tiempo, en cuanto seres espirituales tenemos una sola orienta­ción, hacia un solo centro, y únicamente si se posee esta orientación convergente podrá alcanzarse la fraternidad del hombre, si se me permite esta nota sentimental aunque muy significativa. Pues sucede que a cierto nivel nos dispersamos en numerosos grupos, y además la unidad debe ser realizada por una fuerza superior que coordine los pensa­mientos, los sentimientos y los esfuerzos de la gente. Esto no puede lograrse por medio de la organización material; los objetos ma­teriales tienen fronteras, sin ellas no existirían, estarían en todas partes y en nin­guna. Mientras que las ideas no tienen fron­teras.
Debemos dejar de preguntarnos si la centralización o la descentralización son en sí algo bueno. Seamos precisos: sepamos distinguir lo que debe estar centralizado o descentralizado. Tender hacia la unidad en un plano ideal, por ejemplo hacia la unidad de las reglamentaciones, podría suponer una uniformidad terrible si lo traducimos al ámbito material pensando que el Estado mundial podría resolver nuestros proble­mas. Podríamos decir que, una vez inventa­da, una cosa verdaderamente buena podría ser universalmente conocida y aplicada. Pe­ro ello no significa que la producción deba estar centralizada, como lo quiere la ten­dencia del mundo moderno, con compañías multinacionales y sus múltiples ramas.



Una sociedad rica en medios y pobre en objetivos.

Intentemos abordar el problema desde un ángulo distinto. Cada cosa que hacemos o de la que hablamos debe estar orientada por la siguiente pregunta: «¿por qué, en de­finitiva, estamos en este mundo?» No siempre es agradable estar aquí, y el tiempo es escaso. ¿Cuál es el objetivo? Para la mayoría de nosotros la vida es demasiado corta para que lo descubramos solos. Pero afortunadamente hemos recibido una indicación para nuestra orientación, y esta indi­cación es de hecho la tradición universal de la humanidad, manifestada en la religión. Tenemos la gran suerte de que hoy en día el conocimiento de todas las religiones nos es posible -incluso por medio de libros de bolsillo- sin necesidad de que seamos eru­ditos. Las traducciones están a nuestra dis­posición, y, si nos fijamos atentamente hallamos las convergencias. No es que las religiones  mismas converjan -ya que la verdad es idéntica a sí misma y no converge- sino es nuestra comprensión la que converge. ­A través de un análisis profundo y serio se descubre que todas las religiones dicen las mismas verdades.
  
Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, escribió un libro, que se hizo célebre, en el que comenzó por sentar las bases: «El hombre fue creado para alabar, reverenciar y servir a Dios nuestro Señor y, de este mo­do, salvar su alma. Y las otras cosas sobre la tierra fueron creadas para el bien del hombre, para ayudarle a perseguir el fin pa­ra el que fue creado». Santo Tomás muestra que los medios no deben sobrepasar los fi­nes. Es un santo quien habla, no un hombre de negocios, aunque éste podría te­ner una lógica igualmente infalible.
Para el mundo moderno, para muchos de nosotros o para muchas de las creencias a las que estamos ligados, esta prescripción re­sulta totalmente inaceptable. Pero quizás la confusión en la que nos hallamos se deba precisamente al descuido de esta ley. No utilizamos las facilidades que el Creador nos ha concedido para alcanzar un fin auténti­co. Nuestro espíritu ni siquiera sabe la na­turaleza de nuestra meta. Utilizamos estos medios porque se hallan a nuestra disposi­ción; esto es todo. Nuestros ingenieros y nuestros sabios fabrican chismes mucho más sofisticados que los que nosotros podemos hacer, y por tanto nos vemos obligados a se­guirles. Desembarcar a unos hombres en la luna o trasplantar el corazón de alguien que ha arruinado totalmente su salud -podría poner muchos más ejemplos-, no tiene nada que ver con ningún destino auténtico del hombre, con salvar su alma ni nada pa­recido. Lo hacemos porque cabe la posibili­dad de hacerlo.
Vivimos en una Sociedad rica en medios y pobre en fines
Existe, pues, una meta en la vida humana y tenemos el derecho de utilizar los medios de este mundo en la medida exacta en que tenemos necesidad de alcanzar esta meta; debemos apartarnos de estos medios a partir del momento en que se convierten en obstá­culo. Desde este punto de vista, es impo­sible hallar el más mínimo interés en una discusión sobre el crecimiento económico. Como tampoco lo tiene el hablar del creci­miento cero. Porque son conceptos pura­mente cuantitativos que por lo tanto no tienen ninguna significación inteligible. Necesitamos aclaraciones a este respecto. Sorprende ver lo difícil que es convencer a la gente de la inutilidad de un debate sobre el crecimiento o el no-crecimiento. Los con­ceptos puramente cuantitativos no con­vienen más que el nivel infernal de la uni­formidad. Quiero decir: ¿es la conciencia física algo bueno? Claro que cuando mis hi­jos crecen esto forma parte del orden de las cosas. Pero si yo me pusiera de pronto a cre­cer sería un desastre. El crecimiento, ¿es Bueno o Malo?, la descentralización y la centralización, ¿son Buenas o Malas? Una vez más se trata de conceptos puramente cuantitativos y vacíos de significado. He aquí mi primer punto. Lo que es necesario, y sano y bueno, debería crecer. Lo que es inútil, insano y deletéreo debería dismi­nuir. El que la suma de estos dos procesos -que los estadistas llaman Producto Na­cional Bruto- suba o baje, debería dejar totalmente indiferente a cualquier persona sensata.

El segundo punto es que la información cifrada nos disfraza la diversidad cualitativa e individual de los seres y de las cosas. James Fraser lo ha criticado de una forma metódica en su libro El pecado de la estadística, se dirige el pensamiento hacia los aspectos cuantitativos, se va directo al caos. Se tratan todas las cosas como unidades intercambiables, uniformes, mientras que los matices cualitativos, que verdaderamente importan, pasan desapercibidos.

  Una cultura de la pobreza

Pasemos a la econometría. Naturalmente no podemos prescindir totalmente de cantidad; a veces podemos hacer cantar a números, darles vida, y esta es la verdad ( tarea del estadista). En algunos casos, únicamente los datos pueden expresar las cualidades a través de la cantidad. Por ejemplo, si considera la distribución normal de la riqueza de cualquier población, se obtiene famosa curva de Gauss en forma de campana. Una pequeña cantidad se halla situ-, en un extremo (siempre los hay un poco atrasados), otra pequeña cantidad en extremo opuesto (siempre hay genios), pero la mayoría de la gente aparece en la parte central. En el caso de la distribución mun­dial de las rentas, la curva de Gauss se in­vierte: muchos pobres, muchos ricos, y casi nadie en medio. Esto nos da la calidad de la distribución: es patológica. Significa que no hay un solo mundo. Incluso en este humil­de nivel se ha perdido cualquier apariencia de unidad. Y ello no sólo es cierto en el caso de los países ricos y los países pobres (en los que la distorsión es horrible), sino también en el seno de numerosas sociedades. Todas las sociedades desarrolladas acentúan su bi­polaridad, con muchos pobres, algunos ri­cos y nadie en medio.
Como la mayoría de la gente no se propo­ne otro objetivo que la vida material y su ocupación, la pequeña sociedad de los ricos no puede convertirse en un modelo para to­do el mundo. Y a no ser que hallemos un nuevo modelo, vamos a vernos cada vez más arrastrados hacia el desastre. Los ricos dicen al resto del mundo: «Si adoptarais nuestra tecnología y nuestros métodos podríais vivir casi como los americanos, los europeos o los japoneses». Es totalmente absurdo e impo­sible.
De hecho, toda la cultura que hemos he­redado procede de una cultura de la pobre­za. Nuestra abundancia de bienes es tan despilfarradora y efímera que no podemos realizar nada permanente, semejante a las esplendidas construcciones del pasado. Los constructores de catedrales no se rompían la cabeza con cálculos económicos; construían; ordenaban que se construyera.
Mientras que nosotros lo hemos supedita­do todo al concepto de eficacia. Natural­mente ninguna persona en su sano juicio abogaría por la ineficacia, pero el concepto ha quedado increíblemente reducido hasta considerar solamente lo más material del trabajo. Poco importa si el proceso de pro­ducción es magnífico y hace feliz a la gente -sería un loco sentimental quien se con­tentara con eso-, se debe demostrar que el trabajo está mejor hecho, más deprisa y con un resultado de mejor calidad. Hasta que esto no se demuestra, la felicidad no cuen­ta.

Este  texto ha sido extraído de una conferencia pro­nunciada por E.F Schumacher durante los cursillos de verano en la comunidad de Lindisfarne (estado de Nueva York), en 1974 
Están publicadas en nuestro país sus siguientes obra,: - Lo pequeño es hermoso. Ed. Blume. 1978. - El buen trabajo. Debate Ensayo, 1980.
Guía para los perplejos. Debate Ensayo, 1981

Sitio web sobre Schumacher: http://www.smallisbeautiful.org/

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