viernes, 6 de mayo de 2011

Historia del gran Reino de la China


Historia del gran Reino de la China

Fray Juan Gonzalez de Mendoza


Juan González de Mendoza nació en Torrecilla de Cameros (Logroño) en el año 1545. A los diecisiete embarcó para México y poco des­pués, en 1564, ingresaría en la orden agustina en el convento de la capi­tal de la Nueva España, lugar que habría de ser su residencia durante nueve años que, en su mayor parte, estuvieron dedicados al estudio de Gra­mática, Artes y Teología, amén de sus obligaciones religiosas.


En esa época, los agustinos estaban empeñados en la evangelización de las Islas Filipinas, y el convento de Michoacán era lugar de paso obli­gado para misioneros y exploradores que iban y venían a tratar sus asun­tos en la corte española. El año 15 73, el provincial de los agustinos de Filipinas, fray Diego de Herrera, hizo escala en dicho convento camino de España, a la que acudía comisionado por los gobernadores de Filipinas para informar detalladamente a Felipe II de las vicisitudes y circunstan­cias de la conquista, y solicitar autorización para establecer contactos con el Reino de la China. El Virrey de México ordenó al P. Mendoza que acompañase al P. Herrera en su viaje, y el 13 de agosto de 1574 ambos desembarcaron en Sanlúcar de Barrameda. En el capítulo XXIV del Libro III de la Primera Parte de esta Historia figura relación detallada de cuanto se refiere a esta embajada y de la atención y cuidado que Felipe 11 dispensó a las noticias sobre el Reino de la China.


                  Por razones que el autor no precisa, se vio obligado a permanecer en Sevilla, pese a que fray Diego de Herrera se embarcó con cuarenta religiosos en una misión que habría de tener trágico final en la isla de Catan­duanes. El P. Mendoza vivió algún tiempo en España: Sevilla, Salamanca, Soria -donde fue nombrado subprior-, Granada, Madrid -alcanzó cierta fama como predicador de San Felipe el Real-, hasta que nuevas peticiones y apremios enviados desde las Filipinas recordaron al Rey laconveniencia de enviar una embajada a la China, para la que fue elegi­do el P. Mendoza. En 1581 salía del puerto de Sanlúcar, llegando el 6 de junio a México, donde diversas circunstancias poco favorables y el parecer del Virrey le obligaron a detenerse, viéndose precisado finalmente a volver a España para informar de las dificultades surgidas y dar cuen­ta de su retraso. Arribaría al puerto de Lisboa en el año siguiente, entrevistándose con Felipe II, que se encontraba en dicha ciudad.
           Distintos acontecimientos hicieron que la proyectada embajada a la China quedara para mejor ocasión y por ello no debe resultar extraño que, en 1584, el P. Mendoza se encontrase en Roma, como teólogo de un cardenal, ocupado en hacer imprimir la primera edición de esta Histo­ria, que vería la luz en esa misma ciudad el año 1585. Fue secretario del General de las cosas de Indias y obtuvo el nombramiento de predica­dor apostólico.

Iglesia de San Agustín en Paoay

             En ese mismo año vuelve a Madrid y, tras acordar con el librero Blas de Robles una nueva edición de su obra, «por 60 ducados y 36 libros de la impresión que se haga», embarcará a finales de 1586 hacia Cartage­na de Indias, permaneciendo en aquel continente varios años, predicando en las principales ciudades de la Nueva España. Regresa otra vez a España en 1589 y tres años más tarde volverá a Italia, al ser elegido definidor por la Provincia de Castilla en el Capítulo General de su orden. Vivió en Roma hasta ser nombrado, en 1593, obispo de Lípari (Sicilia), regre­sando poco después a España, ya que aparece en diversas consagraciones de Obispos en Madrid, en I S 96, y es designado para ocupar distintos car­gos en Sevilla y Toledo. En 1607 fue elegido Obispo de Chiapa y poco más tarde enviado a la diócesis de Popayán, de la cual solicitó en varias ocasiones ser trasladado sin conseguirlo, falleciendo finalmente en 1618.


 Iglesia de San Joaquín en Miagao

 La Historia de las cosas más notables, ritos y costumbres del gran Reino de la China es una obra singular que gozo en su época de un éxito inmediato. Como ya se ha dicho, su primera edición -en castellano- apareció en Roma en 1585, en casa de Vincentio Accolti, e inmediatamente fue seguida de otras varias (p. ej., en Valencia, por la viuda de Pedro de Huete) hasta que al año siguiente se publicó la que puede considerarse edición definitiva, impresa en Madrid, en casa de Que­fino Gerardo, flamenco, a costa de Blas de Robles, librero. Francisco Vindel, en un artículo publicado en la Bibliografía Hispánica (enero, 1944) recoge más de cincuenta ediciones de esta obra y deja constancia del éxito alcanzado pues en dieciséss años, el período comprendido entre, 1585. y.1600, apareciron un total de treinta y ocho ediciones en castellano, inglés, ita­liano, francés, latín, alemán y holandes.  Modernamente, el P. Felix García preparó una edición de esta obra que constituye el volumen II de la serie «España Misionera» (Madrid, s.a. {1944}).


            El texto se divide en dos partes: la primera la forman tres libros que tratan sucesivamente de lo natural, de lo sobrenatural y de lo moral y político del Reino de la China; la segunda comprende a su vez otros tres libros. El primero de ellos trata de la entrada que el año de 15 77 hicie­ron en dicho reino los padres fray Martín de Rada y fray Gerónimo Marín, agustinos; el segundo del viaje que dos años después hicieron fray Pedro de Alfaro y otros tres religiosos franciscanos desde Filipinas a la China, y el tercero incluye el «itinerario y epítome de toda las cosas notables que hay desde España hasta el Reino de la China, y de la China a España, volviendo por la India Oriental, después de haber dado vuelta a casi todo el mundo», jornada que fray Martín Ignacio y otros franciscanos realiza­ron entre 1581 y 1584.

Iglesia de Santa Mónica en Panay

           Son notables los pormenores, detalles e informaciones, especialmente de la Primera Parte, sobre todo si se tiene en cuenta que el_autor no  piso nunca territoria chino, no alcanzando siquiera a visitar el archipiélago filipino, y todos sus conocimientos proceden de las  relaciones citadas y de algunas otras utilizadas esporádicamente, como por ejemplo, la de Gaspar de la Cruz, dominico portugués qué estuvo en Cantón, así como de distintos libros chi­nos, repetidamente aludidos en el texto, que trajo consigo fray Martín de Rada al regreso de su viaje.

Grabado en el que aparecen Legazpi, Urdaneta y Martín de Rada sobre las islas Filipinas, según la obra de Gaspar de San AgustínConquista de las islas Filipinas, Madrid, 1698.
  
   En  diversas ocasiones se ha especulado acerca del grado de autoría del P. Mendoza pues, según el parecer de algunos autores, se habría limi­tado a transcribir los textos ya citados, y por tanto su participación en el resultado final apenas sería más decisiva que la de un mero copista. Una sencilla comparación con la, Relación del viaje que se hizo a la tierra de la China año de 1575 y del P Rada publicada en 1884-1885 en la «Revista Agustiniana», según el manuscrito que se conserva en la -Biblioteca Nacional de París, permite disipar cualquier duda puesto que, si bien la fidelidad a las fuentes utilizadas es innegable, el estilo de Gon­zález de Mendoza, su voluntad de contrastar las informaciones y, espe­cialmente, su capacidad narrativa, difieren sustancialmente de los mode­los utilizados.

Fray Martín de Rada

   A finales del siglo XVI, la maravillada reacción ante la riqueza y variedad de las tierras americanas se había ido desplazando geográficamente a medida que aquellos vastos territorios eran conocidos, sometidos y colonizados. Tras el viaje de Magallanes y Elcano, nuevas rutas se abrieron en el Océano Pacífico, y el tradicional feudo portugués de la Especiería se vio amenazado por las distintas expediciones al Malu­co y por el definitivo establecimiento de los castellanos en las islas Filipi­nas. 


En esta solapada guerra comercial, cuya dureza e importancia nun­ca será suficientemente resaltada, un nuevo factor vino a añadir mayor desequilibrio: en las orillas del Mar del Sur, un reino gigantesco y misterioso, cuyas lejanas y olvidadas noticias medievales habían hecho posible la empresa americana,  volvía a surgir desde las nieblas del pasado dando lugar a nuevas narraciones fabulosas que aunaban en el eco de sus palabras el poder y la riqueza, el exotismo y la verosimilitud. Pero los tiempos eran ya otros, y aquel cúmulo de maravillas, apenas entrevisto, se resolvió ahora en una «ciencia»:  la Sinología, uno de cuyos primeros hitos. Fue la obra del tantas veces citado Martín de Rada, autor también de una grámática de la lengua china, y esta ciencia alcanzaría la cima de su primer desarrollo en la China Illustrata de Athanasius Kircher aparecida en 1670. 


 En esa misma tradicción se inscribe, casi cien años antes la Historia del P. Mendoza,  sin cuya existencia sería dificilmente explicable la famosa obra del jesuita alemán.
Además, el texto que viene a continuación pertenece a un generó de libros de viajes que atesoran un especial atractivo: Han sido escritos por gentes que nunca pisaron las tierras que describen y, sin embargo, las cono­cieron mejor que muchos de cuantos lograron recorrerlas, acaso porque en última instancia los únicos que merezcan algún crédito sean aquellos que se saben perpetuos <viajeros inmóviles>.

Juan Sebastian Elcano

HISTORIA DE LAS COSAS MÁS NOTABLES, RITOS
Y COSTUMBRES DEL GRAN REINO DE LA CHINA,
SABIDAS ASI POR LOS LIBROS DE LOS MISMOS CHINOS,
COMO POR RELACIÓN DE RELIGIOSOS Y OTRAS PERSONAS
QUE HAN ESTADO EN EL DICHO REINO. 
HECHA Y ORDENADA POR
EL MUY REVERENDO PADRE MAESTRO FRAY JUAN
GONZÁLEZ DE MENDOZA DE LA ORDEN DE SAN AGUSTÍN
PREDICADOR APOSTÓLICO, Y PENITENCIARIO DE SU SANTIDAD.
A QUIEN LA MAJESTAD CATÓLICA ENVIÓ CON SU REAL CARTA, Y OTRAS COSAS PARA EL REY DE AQUEL REINO EL AÑO DE 1580.
Y NUEVAMENTE AÑADIDA POR EL MISMO AUTOR.

Magallanes

Libro II, CAPITULO I
DE LOS MUCHOS DIOSES QUE ADORAN, Y DE ALGUNAS SEÑALES Y PINTURAS QUE ENTRE ELLOS SE HALLAN QUE SIMBOLIZAN EN ALGO CON COSAS DE NUESTRA RELIGION CRISTIANA



En las dos provincias Paguía y Tolanchia, es donde hemos dicho residen de ordinario los reyes de este Reino, por ser las que están más cercanas a la Tartaria, con cuyos reyes han tenido continuas guerras, y, por el consiguiente, la gente más prin­cipal y política de todo él. Entre las figuras de los ídolos que tie­nen dicen los chinos que hay una de extraña y maravillosa hechu­ra, a quien tienen en grandísima reverencia. Píntanla con un cuerpo de cuyos hombros salen tres cabezas, que se miran la una
la otra perpetuamente, que dicen significa que todas tres no  tienen más de una sola voluntad y querer, y que lo que a la una agrada a las otras dos, y por el contrario, lo que a una des­place, desplace a las demás. Lo cual, interpretado cristianamen­te, se puede entender ser el misterio de la Santísima Trinidad, que los cristianos adoramos y confesamos por Fe; el cual, con algunas otras cosas que parece corresponden a algunas de nuestra sagrada y católica religión cristiana, se puede verosímilmen­te presumir que predicó en este Reino el glorioso apóstol de Cristo Santo Tomás; el cual, como se dice en las lecciones de su día, después  de haber recibido el Espíritu Santo y haber predicado el Santo Evangelio a los Partos, Medos, Persas, Bragmanes y otras naciones, pasó a la India, donde fue martirizado en la ciudad de Clamina por la Fe y Evangelio que predicaba. Es, pues, vero­símil  que cuando este glorioso Santo pasó a la India hizo su viaje por este Reino de la China, donde debió predicar el Santo Evan­gelio y el misterio ya dicho de la Santísima Trinidad, cuya pin­tura de la manera sobredicha dura hasta el día de hoy; aunque aquella gente, por la mucha y larga ceguedad de sus errores e idolatría, no sabe verdaderamente lo que aquella figura con tres cabezas puede representar o significar.
Ayuda para creer lo sobredicho, o al menos para entender que pudo ser así, el haberse hallado en las escrituras de los Arme­nios, que entre ellos son tenidas por auténticas, que pasó este glorioso Apóstol por este Reino de la China, cuando iba a la India, donde fue martirizado, y que predicó también en él el Santo Evan­gelio, aunque hizo poco fruto a causa de que la gente de él esta­ba muy distraída y ocupada en guerras, por lo cual el glorioso Apóstol se pasó a la India, dejando en la dicha China algunos naturales, aunque pocos, bautizados e instruidos, para que con el favor de Dios, cuando viesen ocasión, plantasen las cosas que les dejaba enseñadas.
Hay también, según dicen, algunas pinturas al modo y con las insignias de los doce Apóstoles, que ayuda también para lo dicho, aunque si a los naturales se les pregunta quien son, res­ponden: que fueron unos hombres, grandes filósofos, que vivie­ron virtuosamente, por lo cual están hechos ángeles en el Cielo.
Usan asimismo una pintura de una mujer muy hermosa con un niño en los brazos, que dicen lo parió quedando virgen, y que era hija de un gran Rey; reveréncianla mucho y hacen ora­ción delante de ella, mas no saben decir más de lo dicho de este misterio, y que vivió santamente y sin hacer en toda su vida un pecado.
El padre Fray Gaspar de la Cruz, portugués, de la Orden del glorioso Santo Domingo, que estuvo en la ciudad de Cantón, escribiendo muchas cosas de aquel Reino muy bien y atentadamente, por lo cual yo le sigo en algunas cosas de esta historia, dice: que habiendo ido a una isleta que estaba en medio de un río muy grande, donde estaba una casa a manera de monasterio de los religiosos de aquella tierra, y andando por él, viendo algunas cosas curiosas y antiguas que allí había, entre otras cosas, vio una capilla como oratorio muy bien hecho y muy curiosamente aderezado, que se subía a él por ciertas gradas, y que estaba cerrado y cerca­do de unas rejas doradas, y que, mirando al altar que estaba con un frontal muy rico, vio en medio de él un bulto de mujer de maravillosa perfección, con un niño que le tenía los bracitos echa­dos por el cuello, ardiendo delante de ella una lámpara. Espan­tado de esta vista, preguntó la significación, pero ninguno de los que allí estaban se la supo dar clara de la que arriba queda dicho.
De todo esto parece que se facilita el creer lo que se ha dicho de la estada y predicación del Santo Apóstol Tomás en este Rei­no, pues se ve que la tradición de aquella gente ha conservado y conserva tantos años ha estas señales de haber tenido alguna noticia del verdadero Dios, cuyas sombras ellas representan.
Tienen muchísimos errores y sin ningún fundamento, como para ellos no lo puede haber hasta conocer al verdadero Dios por Fe como se podrá ver en los capítulos que de esto tratan.

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