domingo, 30 de marzo de 2014

“Hágase tu voluntad”


  Sor Natalia Magdolna, nació en 1901 cerca de Pozsony, en la actual Eslovaquia. Su vida está llena de acontecimientos históricos y políticos ya que vivió casi todo este siglo. Murió el 24 de abril de 1992, en olor de santidad.
Desde temprana edad percibió claramente su vocación religiosa y a los diecisiete años entró al convento de Pozsony, posteriormente vivió en los conventos de Budapest y Keeskemet.



En Hungría empezó a tener locuciones interiores y visiones sobre el destino de Hungría y del mundo, aunque ya de niña había tenido fuertes experiencias místicas. Aquí una de ellas:


Yo pensaba en mis faltas y cómo podría corregirlas, cuando oí que Jesús me dijo:
–Si tú no tuvieras faltas, Yo te las daría. Lo importante es que tú Me ames siempre. Si tú Me amas, Yo no veré ni me fijaré en tus faltas y pecados. El amor me ciega. Tú siempre estarás imperfecta. ¡Si Yo esperara hasta que tú te limpiaras, Yo nunca podría amarte!

“Hágase tu voluntad”

–Tú no debes querer nada, ni vivir ni morir. Porque cuando tú deseas algo, esto no me permite hacer mi voluntad en ti. ¡No! Ni siquiera tú debes querer ser una santa. Porque si tú quieres la santidad, tú no la puedes alcanzar al grado en que Yo puedo concedértela. Si tú no quieres nada, entonces mi voluntad obra en ti completamente, porque Yo mismo soy la perfección y la santidad en ti. Puesto que tú eres imperfecta y miserable creatura, tú no eres capaz de querer algo que sea realmente perfecto, noble y santo. Es por esto que tú debes dejarme a Mí que quiera en ti todas las cosas. Por eso di con frecuencia: “Hágase tu voluntad”. Yo, el Hombre-Dios, hago lo mismo aún ahora.
Jesús entonces me enseñó a no pensar en cómo convertirme a mí misma con mi propio esfuerzo. El esfuerzo humano ata sus manos, pone límites a su libertad. Si Satanás ve que no puede obtener un alma, para hacerlo usa su última arma: empieza a incitar en el alma el deseo de un mayor grado de santidad. Con esto el alma empieza a concentrarse en sí misma y no en Dios.
Si yo sé que estoy en estado de gracia pero todavía me atormenta el pensamiento de mis pecados pasados, yo debo decir: “¡Aléjate, Satanás! Ya sé que yo no soy nada, pero Jesús me ama como soy”. Nosotros debemos correr a Jesús y pensar solamente en Él.



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